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Purushatraya Swami

«Entendí que Srila Prabhupada era realmente mi guru cuando simplemente al leer su poderosa orden de seguir los cuatro principios regulativos, abandoné de una vez por todas esas prácticas. Srila Prabhupada me salvó. Él me sacó de la ignorancia, me iluminó con conocimiento y transformó mi vida. Estoy eternamente en deuda con él».

En el comienzo de la década de 1970, me interesé por las cosas relacionadas con India; sobre todo por la filosofía, el yoga y la meditación. En esa ocasión, al leer el libro de un swami hindú famoso, mi atención se dirigió hacia dos puntos de lectura singulares. Desde el principio, el autor afirmaba que existen dos conceptos sobre Dios: impersonal y personal. La mayor parte de libro giraba en torno a la realización impersonal de Dios, y trataba el asunto de manera exhaustiva. En cuanto al otro aspecto, el personal, se resumía en aquella única alusión, no se volvía a mencionar. No obstante, por alguna razón, sentí curiosidad por saber lo que significaba realmente la expresión «Dios personal». No tenía ni idea. Esa curiosidad fue algo inusitado, ya que en aquella fase de mi vida me había declarado agnóstico y me inclinaba por las ideas impersonalistas. Otro punto que capturó mi mente fue la afirmación enfática al final del libro de que nadie puede alcanzar la liberación mediante su propio esfuerzo, la condición imprescindible es que el candidato encuentre un guru competente y se someta a él. El autor añadía: «Cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece». Esa declaración me impresionó profundamente, y a partir de aquel momento, esos dos temas –el Dios personal y encontrar al guru– iban apareciendo en mi mente ocasionalmente, y yo reflexionaba sobre ellos. Como consecuencia natural, el deseo de encontrar a un maestro espiritual se estableció en mi corazón, y entonces comencé a prestar atención para ver si el deseo se cumplía.

En esa fase mística de mi vida, solía leer muchos libros sobre yoga, meditación, ocultismo, viajes astrales, vida de místicos y yogis, etc. Visitaba con frecuencia las librerías especializadas, tanto en Río de Janeiro como en São Paulo, siempre buscando los mejores libros y las novedades. También visité diferentes sociedades espiritualistas y grupos de yoga, pero por alguna razón, no me sentía atraído por ninguno. Pasé un tiempo observando, analizando, indagando aquí y allí, con una mezcla de escepticismo y esperanza, pero no tardé en comprobar que las posibilidades de encontrar un guru auténtico en aquellas circunstancias eran bastante reducidas. «Tal vez debería ir a India…», pero esa era una hipótesis muy remota en aquel momento.

Esa situación alteró radicalmente el rumbo de mi vida, que asumió un carácter más realista y pragmático. La búsqueda de un guru, la vida futura y la autorrealización dejaron de ser mi mayor interés, y me enfoqué más en los aspectos prácticos de la vida material. Mi postura agnóstica se reforzó. Estaba convencido de que «nadie podía estar seguro de nada sobre Dios».

Entre los libros que había leído, había una versión del Bhagavad-gita con una traducción poco fiable, pero que, de alguna forma u otra, me introdujo a los conceptos básicos del libro, como karma, reencarnación, modalidades de la naturaleza, etc. Mezclé aquellos conceptos con una filosofía totalmente hedonista, basada exclusivamente en el placer de los sentidos, y con una conclusión más o menos así: «Ya que el guru y la autorrealización son una utopía, lo más sensato es tratar de olvidarlos y vivir en este mundo material de la mejor manera posible, es decir, sufriendo lo mínimo posible y disfrutando al máximo. Cuando una persona conoce la ley del karma, puede construir un futuro lleno de facilidades materiales, como recompensa a sus actividades piadosas previas. De la misma forma, si se sitúa en la modalidad de la bondad (sattva-guna), y evita las modalidades inferiores (pasión e ignorancia), puede evitar muchos sufrimientos y ansiedades, y experimentar el estándar más elevado de felicidad que puede ofrecer este mundo. Por lo tanto, aunque siempre haya inconvenientes en este mundo, se pueden minimizar al máximo, e intentar disfrutar las cosas buenas de la vida: sexo, dinero, comodidad, conocimiento, arte, naturaleza, deportes, viajes, etc».

Me sentía totalmente confiado y optimista con esa nueva perspectiva en mi vida. Consideraba que el capítulo de la búsqueda espiritual había concluido definitivamente. No quería saber nada más de mis libros, que tanto apreciaba antes. Estaba cansado de ese tipo de libros con un lenguaje esotérico, pedante y pseudo-espiritual. Todo ese halo de misticismo ahora me aborrecía, y decidí donar todos mis libros. «Con los pies en la tierra», pensaba, lleno de planes en la cabeza.

Pasó un tiempo, y un día estaba bajando por la Rua Augusta, en São Paulo, cuando se me acercó una joven vestida con sari hindú y me ofreció un pequeño libro. Fue mi primer contacto con un Hare Krishna. Ya había visto alguna cosa en alguna revista, como su relación con algunos Beatles, John Lennon cantando el mantra Hare Krishna en manifestaciones, o la pieza Hair. Compré el libro sin dudarlo, por curiosidad, y continué mi camino. Al llegar a casa, lo ojeé y, sin ningún tipo de compromiso, comencé a leerlo, curioso para saber lo que pensaban los Hare Krishnas. El título era bien sugerente: Más allá del nacimiento y la muerte. Decía que no somos este cuerpo, y explicaba los diferentes tipos de yoga y cómo obtener la liberación de este mundo. El libro era bastante técnico y citaba constantemente el Bhagavad-gita. En un momento determinado, leí la expresión «Krishna, la Suprema Personalidad de Dios». Instantáneamente me vino a la memoria aquella vieja duda que nunca había resuelto: ¿qué es el «Dios personal»? Finalmente había encontrado una pista. Sentí cierta emoción con el descubrimiento, y mi atención se duplicó. El autor, A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada, daba muchas informaciones sobre el Dios personal, Sri Krishna – Su forma, Su morada trascendental y la relación con Él mediante bhakti, la devoción.

Al terminar el pequeño libro me sentí satisfecho, y tuve una buena impresión de los Hare Krishnas. En la última página había una invitación para el festival dominical. Aunque todos los domingos pensaba en visitar el templo Hare Krishna, nunca llegaba a hacerlo, pues estaba lejos y, por pereza, lo acababa posponiendo para el próximo domingo. «Más que nada –me reafirmaba a mí mismo– porque ya no me interesan más esos asuntos espirituales».

Para reforzar mi decisión de cambiar radicalmente mi vida, esta vez con motivaciones exclusivamente materiales, decidí mudarme a mi ciudad natal, Río de Janeiro. La lectura del libro de los Hare Krishnas y el nuevo deseo de visitar un templo amenazaban el proceso de volverme un materialista. Lo mejor era un cambio radical, y empezar de cero con un nuevo estilo de vida.

Al llegar a Río de Janeiro sucedieron varias coincidencias que, según la terminología Hare Krishna, son los típicos ejemplos de los llamados «arreglos de Krishna». Para no alargar mucho la historia, solo daré unos flashes de lo que ocurrió. Al llegar, visité a un viejo amigo, que me mostró un libro que le habían regalado y le gustaba mucho. Era una versión en inglés del Bhagavad-gita tal como es de Srila Prabhupada. Me encantó el sánscrito y las ilustraciones. Al día siguiente tuve que ir al centro de la ciudad y, al pasar delante de una librería tradicional especializada en asuntos espiritualistas, en el entrepiso de un edificio, siguiendo mi viejo hábito, entré solo para «echar un vistazo». En cuanto entré a la tienda, el dueño salió a mi encuentro con un libro con una portada negra. «Este libro llegó hoy –dijo–, es de los Hare Krishnas, ahora en portugués». Fue una sorpresa increíble, y compré el libro sin pestañear. Al tercer día, mi madre me comentó que unas «personas extrañas» se estaban mudando en nuestra calle, un poco más abajo. Seguro que ya lo han adivinado: era el primer templo Hare Krishna en Río de Janeiro. Llamé a mi amigo por teléfono y le conté la noticia. Él me sugirió que visitáramos a los Hare Krishnas e intentáramos cambiar su Bhagavad-gita en inglés por uno en portugués. Decidimos ir al día siguiente, por la tarde.

Al día siguiente fuimos a la amplia casa de los Hare Krishnas. Estaba vacía, ni siquiera había muebles, y no había ninguna persona cerca. Lo único característico era el suave aroma del incienso. Subimos al primer piso, mirando en cada cuarto, hasta que encontramos a dos Hare Krishnas en la última habitación, sentados en unos almohadones en el suelo junto a una mesa pequeña. Ellos aceptaron cambiarnos el Gita en inglés por otro en portugués, y el Hare Krishna más experto, un joven swami americano, comenzó a discurrir sobre la filosofía de la conciencia de Krishna, hablando español fluido adaptado al portugués. El discurso me cautivó, pero «para no dar mi brazo a torcer», lancé algunas preguntas desafiantes usando diversos clichés de la filosofía impersonalista. Lo más interesante es que, a pesar de mi evidente derrota, mi inteligencia disfrutaba al contemplar mi fracaso ante las conclusiones sabias. De todo lo que comentó el swami americano, lo que más me impresionó fue la descripción que dio sobre su guru hindú, el fundador del movimiento Hare Krishna, Srila Prabhupada.

Él enfatizaba que esa filosofía no había sido inventada recientemente, si no que en realidad, se trataba del conocimiento original de la humanidad, y llegaba hasta nosotros mediante una sucesión de maestro espirituales. Debido a la transmisión de la sucesión genuina, el conocimiento original no se había alterado, y ahora Srila Prabhupada, el guru contemporáneo de esa línea, era el representante auténtico del Señor Krishna, y estaba presentando el mensaje del Bhagavad-gita en su esencia verdadera.

Aquellas palabras entraron en mí como un huracán, y en mi mente brotó un torbellino de ideas. La magnífica personalidad de Srila Prabhupada fue descrita en sus múltiples aspectos y con gran elocuencia. La sensación más fuerte que sentí después de aquel encuentro fue que, después de haber buscando un guru auténtico durante años, por fin había concluido mi búsqueda.

Cualquiera puede imaginar la confusión que sentía en mi cabeza. Después de haberme frustrado en mi intento de tener una vida espiritual, había optado filosóficamente por una vida materialista. Y cuando esta decisión se había consolidado y ahora se estaba desencadenando un plan práctico, volver a estos temas me causaba una gran interferencia, conflictos y me distraía del objetivo.

Durante los próximos días, maya me presentó oportunidades de éxito material que nunca antes había recibido. Durante poco más de un mes después de aquel encuentro con los Hare Krishnas, me ocupé completamente en un servicio que me daría una ganancia económica considerable. Como tenía una fecha límite en el contrato, estaba totalmente ocupado, incluso los domingos, entonces evité ir al templo e incluso pensar en cualquier tema espiritual.

Finalmente, al concluir la tarea, tuve tiempo para relajarme, pero fue imposible. Todos aquellos pensamientos volvieron con fuerza a mi cabeza, que estaba a punto de estallar. Me encontraba en una encrucijada, y tenía que decidir entre dos caminos: la vida material o la vida espiritual. De un lado, la pasión de ganar dinero y disfrutar de las delicias de la vida; por otro, la oportunidad única de relacionarme con un devoto puro, practicar renuncia y austeridad, y dedicarme a un proceso auténtico de autorrealización.

En medio de esa turbulencia mental, fui a São Paulo para pasar un fin de semana con mis amigos, e intentar distraerme y olvidar mi dilema. Pero había comenzado a percibir la verdadera cara de maya. Podía ver que las personas se encontraban en una gran ilusión, alimentando esperanzas de felicidad en este mundo. Podía distinguir la mediocridad y la degradación de sus vidas y la realidad de este mundo, viendo que estaban inmersos en una ignorancia total. Había ido para disfrutar, pero volví arrasado. Aun así, quise intentar otra posibilidad, que me sonrió como si aquello fuera lo que realmente necesitaba en aquel momento.

Me dirigí inmediatamente a Saquarema, donde también tenía unos amigos. Saquarema es el paraíso de los surfistas: playas hermosas, naturaleza, vida relajada, gente joven y feliz. Pero a pesar de ello, me sentía desplazado. Pude comprender claramente que todos aquellos jóvenes estaban simplemente desperdiciando sus valiosas vidas con cosas inútiles y temporales. Solo aguanté dos días.

Cuando regresé a casa, me encerré en la habitación con el Bhagavad-gita. Durante una semana, solo salí para comer, y apenas paré cuando terminé de leerlo de principio a fin. Al final, después de reflexionar mucho, ya no sentía más dudas en cuanto al objetivo real de la vida. Mi arrogante agnosticismo e impersonalismo estaban agonizando, solamente necesitaba un «golpe de misericordia». El Señor Krishna se había convertido en el Señor de mi vida, y Srila Prabhupada era el intermediario entre Él y yo.

Entendí que Srila Prabhupada era realmente mi guru cuando, simplemente al leer su poderosa orden de seguir los cuatro principios regulativos, abandoné de una vez por todas esas prácticas: (1) comer carne, pescado y huevo, (2) consumir drogas, (3) sexo que no se destina a la procreación y (4) juegos de azar. Srila Prabhupada me salvó. Él me sacó de la ignorancia, me iluminó con conocimiento y transformó mi vida. Estoy eternamente en deuda con él.

La decisión de rendirme a Krishna y dedicar mi vida a la misión de mi guru fue, sobretodo, racional. Después de meditar bastante en el asunto, concluí: «Debido a una inclinación natural por la vida espiritual, deseé sinceramente encontrar un guru, y ahora, por la gracia de Krishna, acabo de encontrarlo. Si no aprovecho esta oportunidad, me arrepentiré en el futuro, y detesto la idea de volverme una persona frustrada. Por eso, voy a renunciar a mis planes materialistas». Pensando así, calmé mi mente y tuve la fuerza necesaria para renunciar al mundo material.

Después de ausentarme varias semanas, visité el templo, y el devoto encargado me sugirió que pasara el fin de semana con ellos para ayudarles a preparar un gran festival que ocurriría el domingo. Pinté la sala del templo durante día y noche, y el domingo por la mañana preparamos los adornos decorativos, usando principalmente plataneras y hojas del árbol de mango. No me imaginaba lo que sucedería unas horas más tarde. El festival fue algo que nunca antes había visto. Era la instalación de las bellísimas Deidades de Sri Sri Gaura-Nitai.

Durante el baño de las Deidades, abhishekha, me di cuenta que estaba cantando y bailando en completo éxtasis. Nunca había sentido una emoción parecida. El banquete, prasada, me hizo pensar que ya no estaba en este mundo. Nadie lo sabía, pero en aquel momento, yo ya era un krishna-bhakta y discípulo de Srila Prabhupada.

Al día siguiente fui a mi casa, coloqué algunas ropas en una bolsa de viaje, y avisé a mi madre que si necesitaba algo, podía ir a buscarme a aquella casa de las «personas extrañas».

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  1. Jay Maharaja se convirtio en una de esas personas extrañas por asociarse con ellas Todas las glorias a Srila Prabhupada !

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