Caitanya Carana Das

Al igual que el villano Ravana del épico Ramayana, los héroes y heroínas de las películas de Hollywood traen una vilanía inconfesada.

El Ramayana es una antigua saga védica de acción, romance, sabiduría y aventura; una saga que inspiró a gran parte de la población mundial durante milenios; una saga que describe un pasado en el que seres con poderes místicos —tanto divinos como demoníacos— interactuaban en nuestro mundo terrenal; una saga con la lucha entre el bien y el mal; una saga en la que Dios adviene y enseña la virtud, la rectitud y la espiritualidad por medio de Su firme ejemplo personal.

A pesar de la antigüedad histórica del Ramayana, su trama es similar a la de un filme clásico: incluye al héroe, la heroína y al villano que la desea, y narra un apasionado enfrentamiento entre el héroe y el villano, enfrentamiento que culmina con la muerte del villano y la reunión del héroe con la heroína. Pero hay una diferencia vital entre el Ramayana y un filme moderno: en un filme, el héroe, la heroína y el villano son todos realmente villanos.

¿Por qué? Muchos piensan en un villano como alguien que disfruta a través de la explotación y el agravio a otros. Aunque es valedera, tal noción del mal es incompleta e ingenua, pues ignora una realidad fundamental: a nuestro padre gentil y supremamente responsable, Dios. Muchos de nosotros nunca tuvimos la educación espiritual necesaria para entender que Dios es quien abnegadamente nos provee de nuestra alimentación diaria. Es verdad que tenemos que trabajar para sobrevivir, pero nuestro esfuerzo es secundario. Es como el arduo trabajo de los pájaros en busca de granos: sin Dios proveyendo los granos a través de la naturaleza, su búsqueda, al margen de lo minuciosa, sería infructífera. Similarmente, sin la creación de Dios del milagroso mecanismo de la fotosíntesis, que transforma la tierra en mangos (una proeza muy superior a la que hacen los mejores científicos y computadoras de última generación) y nos permite acceder a algún alimento, no tendría ninguna importancia cuánto nos esforzáramos. Todas nuestras necesidades —calor, luz, aire, agua, salud— son similarmente satisfechas en primer lugar por arreglo divino y en segundo por el empeño humano.

Infelizmente, nuestras medios, nuestra cultura y educación nos ocupan con tantos atractivos materialistas que quedamos ciegos al hecho de nuestra dependencia de Dios y de nuestros deberes para con Él. El temor a Dios es el comienzo de la sabiduría, así como el miedo saludable al padre es necesario para que un niño inquieto y travieso se vuelva disciplinado y responsable. Y el amor a Dios es la culminación de la sabiduría, así como la gratitud y el amor hacia un padre benevolente demuestran la madurez de un hijo crecido.

Lamentablemente, los formadores de opinión de nuestra sociedad ni aman a Dios ni Lo temen, sino que exaltan el materialismo egoísta e impío. En consecuencia, en los días presentes, muchas personas son en extremo egoístas en su relación con Dios. Ellas no dedican siquiera un instante a la persona que les dio la propia vida. En una familia, si un hijo no cuida de su padre, que es su conexión con sus hermanos, dejará de preocuparse por ellos también. De hecho, tal vez incluso se vuelva indispuesto con ellos pues estos serán sus rivales en la obtención de la herencia. De modo similar, el egoísmo con Dios es el origen de todos los males. Todos nosotros plantamos esa semilla maligna en nuestros propios corazones y ahora debemos alimentarnos forzosamente con sus frutos amargos —terrorismo, corrupción, crimen, explotación— todo eso es producto de nuestra lucha entre nosotros mismos por el dominio de los recursos del mundo, la herencia de Dios para nosotros.

Héroes Divinos

El Ramayana nos brinda un atisbo del heroísmo y la villanía, del amor inmotivado y la lujuria egoísta. El Señor Rama y Su consorte Sita son los eternos héroe y heroína. Hanuman, el héroe religioso, personifica la tendencia de asistir desinteresadamente al Señor en Su amor divino; mientras que Ravana, el villano irreligioso, personifica la tendencia egoísta de enseñorearnos de la propiedad del Señor para nuestra propia satisfacción lujuriosa. El piadoso héroe aspira a disfrutar con Dios, mientras que el impiadoso villano desea disfrutar como Dios.

Foto: Hanuman incendia el reino de Ravana al servicio de Rama

Sin embargo, en un filme típico, todos los personajes principales —el héroe, la heroína y el villano— tienen la misma mentalidad nociva de querer disfrutar sin preocuparse por Dios. En el héroe y la heroína, el atuendo romántico enmascara esa disposición mental, mientras que el villano lo expresa sin reservas. Pero todos ellos son Ravanas, siendo que la diferencia se halla solo en el tono de gris.

Nuestro empeño egoísta por imitar a héroes y heroínas, ya sea en filmes o en la vida real, es intrínsecamente maligno, y sirve de combustible para todos los males mayores que tememos. En última instancia, nuestro mal regresa a nosotros tal como un bumerang, pues este perpetúa la ilusión de nuestra identificación corporal equivocada, y nuestro cuerpo nos sujeta a las torturas de la vejez, la enfermedad, la muerte y el renacimiento —una vez más, una vez más y otra vez más.

Claro que no debemos ahogar nuestro impulso natural de querer ser especiales. Como Hanuman, todos podemos ser héroes —al servicio del héroe supremo. Infelizmente, nuestra sociedad presenta la tendencia ravánica como heróica y la propensión hanumánica como anticuada.

Una lección de esperanza

El Ramayana revela que Ravana, a pesar de su extraordinaria posición, nunca estaba satisfecho sino siempre ávido de más. ¿No es esa la condición de nuestra civilización moderna? Todo el poderío y la riqueza de Ravana no pudieron darle felicidad ni salvarlo de la destrucción final. La derrota final de Ravana nos recuerda el destino que aguarda a nuestra sociedad si continúa con su egoísmo ateo.

Foto: Rama acaba con Ravana y su ejército. Al fondo, el reino de Ravana en llamas.

Sin embargo, la caída de Ravana no es solo un anuncio apocalíptico, es también un emisario de esperanza y felicidad, porque nos enseña que el Señor es competente en la destrucción del mal tanto interior como exterior. El mismo Señor Rama que destruyó a Ravana hace milenios apareció ahora como Su santo nombre, para destruir al Ravana íntimo en el corazón de las personas. El santo nombre nos ofrece felicidad verdadera, no mediante la imitación de Dios, sino por medio del amor a Dios; no volviéndonos héroes de imitación, sino volviéndonos héroes-sirvientes.

 

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