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Guru-sevananda Dasa

“Aunque un día consiga escalar el Everest, esa experiencia no será muy diferente de la que tuve cuando me senté en la cima del Aconcagua. Aunque las sensaciones de una nueva conquista y de superación personal puedan parecer enormes, son efímeras por naturaleza y no pueden satisfacer al espíritu. Necesito encontrar algo que sacie realmente la sed de mi alma.”

Durante mi juventud, entre los 14 y 21 años, mi pasión era escalar montañas. Comencé en Río de Janeiro, escalando el Pão de Açúcar y otras montañas, y, después de algunos años, fui buscando montañas cada vez más altas y más difíciles de escalar. Así fue como viajé por varios países de América Latina, buscando realizarme en las bellas e imponentes montañas de la Cordillera de los Andes. La última montaña que escalé fue el monte Aconcagua, que, con sus casi 7000 metros de altura, es la montaña más alta de las Américas y una de las más grandes del mundo. La escalada fue difícil y arriesgada, pues tuvimos que enfrentar muchas tempestades de nieve. Pasamos casi un mes en el campamento base, esperando la oportunidad de ascender a la cima. Éramos un grupo de cinco, pero tres de nosotros se enfermaron gravemente debido a la altitud.  Finalmente, el clima mejoró durante dos días y, junto a mi gran amigo Othon, conseguimos llegar a la cima del Aconcagua.

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Guru-sevananda Dasa, en aquel entonces Gustavo Moura, en la cima del Aconcagua

Durante la media hora que pasé sentado en la cima, reflexionando sobre el valor de la vida y sobre el motivo de mi búsqueda, me pregunté a mi mismo: “¿Y ahora, cuál será la próxima meta?”.

El primer destello espiritual

Después de contemplar esa pregunta durante algunos minutos, pensé: “Mi búsqueda, en realidad, no es tiene que ver con las montañas. Aunque escale todas las montañas del mundo, mi sed no se saciará. Tampoco quiero dinero, fama, poder o comodidades materiales. Entonces, ¿qué estoy buscando? No lo se. Aunque sienta este vacío en el corazón, no consigo encontrar nada que pueda llenarlo…”.

Así fue como, de repente, tuve una percepción interesante: “¡Tengo que ir a India!”, pensé en mis adentros. ¿Por qué India? Ni yo mismo sabía por qué, pero escuché ese llamado en mi interior. Lo más interesante es que sentí claramente que mi visita a India no sería para escalar los Himalayas, si no para buscar una meta más elevada incluso que el Everest, y, además, más elevada que cualquier otra meta material. Mi lógica fue la siguiente: “Aunque un día consiga escalar el Everest, esa experiencia no será muy diferente de la que tuve cuando me senté en la cima del Aconcagua. Aunque las sensaciones de una nueva conquista y de superación personal puedan parecer enormes, son efímeras por naturaleza y n pueden satisfacer al espíritu. Necesito encontrar algo que sacie realmente la sed de mi alma.”

Preparando el viaje

Un año más tarde, tras graduarme como oficial del ejército en la Academia Militar das Agulhas Negras, comencé a prepararme para el esperado viaje. Mi preparación era más psicológica que práctica, ya que iría sólo y sin un recorrido definido. Era una verdadera búsqueda de lo desconocido, sin saber muy bien con qué me encontraría.

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En la graduación de la Academia Militar das Agulhas Negras (Brasil).

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Con un amigo en un tanque M-60, cuando era comandante de pelotón de tanques en Río Negro (Brasil).

Unas semanas antes de viajar, me regalaron dos libros: mi tía Sheila me dio una biografía condensada de Srila Prabhupada, el fundador de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna (ISKCON), y un amigo me regaló un libro escrito por Srila Prabhupada, titulado Más allá del nacimiento y la muerte. Este mismo amigo me llevó a Nova Gokula (Brasil), donde Eka Murti Devi Dasi me enseñó a cantar el maha-mantra Hare Krishna y me regaló una japa-mala (un tipo de rosario) para que pudiera recitar el mantra durante mi viaje.

¿Concidencia o planes divinos?

El vuelo de São Paulo a Nueva Delhi hacía una escala en Londres, donde pasé 3 días antes de continuar mi viaje. Aproveché para conocer un poco de la historia de la ciudad y para buscar una buena guía de viaje para India. Tras comprarla, me di cuenta que el autor era un discípulo de Srila Prabhupada. “Una vez más, este guruhindú se cruza en mi camino”, pensé en mis adentros. Una vez a bordo del avión rumbo a la India, tuve como compañero de viaje a un señor hindú muy intrigado con mi interés por visitar su país. Al percibir que mi búsqueda era espiritual, me aconsejó: “No pierdas el tiempo en Delhi: es una ciudad muy grande y caótica. Toma un taxi en el aeropuerto y vete directamente a Vrindavana, el lugar donde nació Krishna. Allí encontrarás lo que estás buscando”.

Mirando el mapa y leyendo un poco sobre Vrindavana en mi guía de viaje, concluí que sería un buen lugar para iniciar mi búsqueda y decidí seguir su consejo. Siendo un viajero sin experiencia, olvidé preguntar dónde hospedarme, pero el taxista que me recogió me dijo sin dudarlo: “Voy a dejarte en el Angreji Mandir (el templo de los extranjeros). De esa forma, la providencia quiso que llegara a la puerta del Krishna-Balarama Mandir, el templo establecido por Srila Prabhupada en Vrindavana.

Cuando crucé la puerta, conocí a un monge italiano llamado Sada Shiva, que vivía en Vrindavana desde hacía muchos años y su servicio en el templo era tocar un instrumento llamado harmonio y cantar el mantra Hare Krishna muchas horas al día. “¿Tu único servicio es cantar?”, le pregunté curioso. “Sí, este canto es el mejor servicio que se le puede ofrecer a Dios en esta era. Nosotros lo llamamos kirtana y tenemos un grupo que se turna para que los santos nombres estén sonando 24 horas por día en el templo”, me explicó mi nuevo amigo. Este devoto me ayudó de muchas formas prácticas, como conseguir un lugar y comida en el templo, y también respondió muchas de mis preguntas filosóficas y curiosidades culturales. Además, me presentó al líder de su grupo, Aindra Prabhu, y le pidió que me dejara participar en el Kirtana 24 horas. Entonces me enseñó a tocar karatalas (címbalos) para que pudiera acompañarlo cuando era su turno de cantar. Yo no era devoto, era un viajero aventurero, vestido con unos vaqueros y con una mochila de alpinista. Sin embargo, bajo esa apariencia, yo estaba ávido por respuestas que justificaran mi propia existencia.

Ahora que el destino me había llevado a ese templo en Vrindavana, me sentía curioso por entender el estilo de vida y la filosofía de los devotos de Krishna, pero al mismo tiempo, no podía imaginarme viviendo como ellos. El contraste con mi estilo de vida y mi identificación como militar era muy grande. Además, sus prácticas diarias como levantarse a las 3 de la madrugada, bañarse con agua fría, meditar durante más de dos horas, seguir varios principios regulativos, etc., me parecían demasiado austeras.

Sada Shiva Prabhu me guió por los templos principales de Vrindavana y por otros lugares sagrados de Vraja, llevándome a hacer el parikrama (circunvalación) de la colina de Govardhana, incluyendo un baño en el lago más sagrado de todos, el Radha-Kunda. De esa forma, pasé unos diez días en Vraja, absorbiéndome intensamente en cantar los santos nombes, peregrinando y tomando mucha maha-prasada. Aunque no tuviera plena conciencia de la importancia del lugar donde me encontraba, mi vida no sería la misma después de esa visita.

Perder para reencontrar

Cuando decidí continuar mi viaje para conocer otras partes de India y visitar los templos de otras tradiciones religiosas, mi amigo Sada Shiva se decepcionó muchísimo. “¿Por qué quieres visitar el Taj Mahal? Sólo es una tumba. Y en cuanto a los otros grupos religiosos, seguro que puedes visitar muchísimos templos en India, pero Vrindavana es la tierra de Krishna, el lugar más importante para todos los devotos. Quédate a vivir con nosotros. Puedes pasar tu vida cantando Hare Krishna y de esa forma desarrollar amor puro por Dios”.

Con argumentos así, Sada Shiva Prabhu intentó convencerme para que desistiera de todo y me quedara en Vrindavana. Le respondí diciéndole que no era un devoto de Krishna y que también quería conocer a los budistas, a Sai Baba (un místico famoso que, en aquella época, vivía en el sur de India) y recorrer la India buscando las respuestas a mis preguntas. Me sentía muy agradecido a Sada Shiva por su hospitalidad y había aprendido muchas cosas, pero necesitaba continuar mi viaje. Al fin y al cabo, sólo tenía un mes de vacaciones y después tenía que volver al Regimiento de caballería de Rio Negro, en Paraná (Brasil), para iniciar mi carrera como oficial del ejército.

Al despedirme de mi amigo, que era tan italiano como monge Hare Krishna, Sada Shiva Prabhu me dijo: “Adesso puoi andare via, poi piangerai di avere lasciato Vrindavana” (Ahora puedes irte, pero un día llorarás de nostalgia de Vrindavana). Sus palabras proféticas resonaron más tarde en mi mente, cuando pude darme cuenta de lo afortunado que fui por poder peregrinar por la tierra de Krishna.

Nostalgia de Vrindavana y Pada Yatra

Después de visitar Vrindavana fui a Haridwar y Rishikesha, en los Himalayas, junto a un grupo de devotos brasileños que, una vez más, Krishna providencialmente los colocó en mi camino. Desde allí fuimos a Varanasi, y en la última semana de viaje fui a conocer el ashram del famoso Sai Baba, en el sur de India.

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Cruzando el Ganges, en la ciudad de Varanasi, en su primeira visita a India en 1997.

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Nadando en el Ganges, en Rishikesha.

Todos los lugares fueron muy interesantes, pero ninguno tocó mi corazón como lo hizo Vrindavana. La experiencia que tuve en el Krishna-Balarama Mandir me generó un aprecio genuino por Srila Prabhupada y sus dedicados seguidores, y plantó una semilla de vida espiritual en mi corazón. Yo continué regando esta semilla cuando volví a Brasil, cantando el mantra Hare Krishna y leyendo ávidamente el Bhagavad-gita tal como es.

Durante dos años continué trabajando como oficial del ejército, pero en el interior de mi corazón siempre pensaba en Krishna, en Vrindavana y en Srila Prabhupada, cuya biografía me había impresionado profundamente.

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Como militar después de su regreso de India. Reicibiendo el saludo del comandante del regimiento por su victoria en el pentatlón militar. El comandante se sorprendió de que Guru-sevananda, en aquel entonces Teniente Gustavo Moura, consiguiera el mejor desempeño entre todos los participantes en las competiciones a pesar de ser vegetariano.

Yo quería desearme por completo a su misión de propagar la conciencia de Krishna, pero ¿cómo podía hacerlo? Vivía en una pequeña ciudad al sur de Paraná, donde ni siquiera había devotos de Krishna con los que pudiera reunirme, y esto me hacía sentir desamparado espiritualmente. Todos los días me levantaba a las cuatro de la madrugada y meditaba en el mantra Hare Krishna durante dos horas, antes de ir al cuartel. Cuando volvía a casa, leía el Bhagavad-gita y rezaba más hasta la hora de dormir.

En aquel entonces, mi canto del maha-mantra era como un llanto, pidiendo a Krishna que me aceptara y me ocupara en Su servicio, permitiéndome asociarme con Sus devotos. Finalmente, Krishna decidió responder a mis oraciones a través de un devoto. Su maestro espiritual le había enviado directamente desde India para realizar una peregrinación con un carro tirado por bueyes desde Argentina hasta Brasil. Este tipo de peregrinación se llama Pada Yatra, y es algo relativamente común en India. Sin embargo, en Occidente era extremadamente exótico ver a un monje viajando con un carro tirado por bueyes y un templo encima. La forma en la que nos conocimos y nuestro interesante viaje desde sur de Brasil hasta Pindamonhangaba fue una gran aventura trascendental que me convenció a abandonar mi profesión y dedicarme por completo a la conciencia de Krishna. Pero esa es otra historia…

 

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