Una segunda oportunidad

Indradyumna Swami
(De la obra «Diario de un monje viajero»)

“Si me muero ahora mismo, ¿a dónde me iré? Y si no me muero, ¿qué debo reconsiderar en mi vida teniendo en cuenta la muerte inevitable?” Reflexiones de un devoto que aguarda el resultado médico decisivo de su vida.

A medida que el devoto empieza a envejecer, cada vez se vuelve más consciente, por la misericordia de Krishna, de que su vida está por concluir y que su tiempo para alcanzar la perfección en la conciencia de Krishna se está agotando.

A veces, las señales llegan de forma embarazosa. Unos meses atrás, algunos de mis discípulos se acercaron para preguntarme acerca de la historia de cada una de lasshalagrama shilas de mi altar.

“Tal vez otro día”, les respondí.

“Pero Guru Maharaja”, dijo una discípula, “usted es el único que conoce la historia de cada shila, y está envejeciendo…”.

No terminó la frase. No era necesario. La vejez implica que las cosas decaigan poco a poco y lleguen a su fin.

Después de cumplir los 50, o alcanzar la vejez, de acuerdo con la cultura védica, otra señal es la partida de amigos y seres queridos. Con el paso del tiempo, el fallecimiento de las personas próximas se vuelve cada vez más frecuente y menos sorprendente. Jayadvaita Maharaja escribió:

“Así son las cosas. Ves partir a tus amigos, uno por uno. Y aquellos que se quedan te verán partir a ti”.

Como devotos, estudiamos y discutimos esos hechos de la vida desde el día en que entramos al Movimiento. Pero de alguna forma, el tema se ve diferente cuando nuestro cuerpo empieza a envejecer. Krishna nos asegura en el Bhagavad-gita:

dehi nityam avadhyo yam
dehe sarvasya bharata
tasmat sarvani bhutani
na tvam socitum arhasi

“¡Oh, descendiente de Bharata!, aquel que mora en el cuerpo nunca puede ser matado. Por lo tanto, no tienes que afligirte por ningún ser viviente”. (Bhagavad-gita 2.30)

Si estamos preparados para partir, como se supone que debemos estarlo, no debemos temer a nada.

Pero la diferencia entre conocer la teoría y asimilarla y practicarla de forma verdadera, es muy grande. Para transformar el conocimiento teórico en algo verdadero, el Señor, en ocasiones, acelera el proceso del devoto colocándolo en alguna situación mala, haciendo con que el devoto se tome su vida espiritual más en serio. Por la misericordia del Señor, pasé por semejante situación desagradable mientras volvía de Durban, Sudáfrica, a comienzos de abril.

Ya hacía tiempo que me quejaba de dolor de espaldas, entonces un médico y amigo mío, Sunil Mohan Dasa, me pidió una cita con un osteópata. Me senté pacientemente en la camilla y el médico examinó mi espalda con su mano. De repente se detuvo y suspiró.

“Sunil”, dijo intentando disfrazar su preocupación con un tono calmo, “por favor, ven”.

Sunil dio la vuelta a la mesa y ambos conversaron en voz bajita entre ellos. Sus susurros no hicieron más que confirmarme que había algún problema.

“¿Has visto algo?”, le pregunté finalmente.

“Tal vez”, respondió Sunil. Entonces ambos se fueron a la sala de al lado.

Esforzándome al máximo para escuchar su conversación, de repente escuché la palabra “melanoma”.

Sentí sudor frío. Sabía que el melanoma es una de las formas más peligrosas y agresivas de cáncer de piel. El año pasado, mi hermano espiritual, Su Santidad Bhakti Tirtha Maharaja, falleció debido a un melanoma. Si se detecta en las facetas iniciales, puede curarse, pero si se detecta después de un tiempo, hay pocas posibilidades de sobrevivir.

“Disculpen, doctores”, dije en voz alta, “¿os escuché decir melanoma?”.

Ambos quedaron en silencio, hasta que Sunil volvió a la sala. “Sí, Maharaja”, dijo. “Encontramos una verruga oscura y en relieve con bordes irregulares. Eso no es una buena señal. Pero no se preocupe. No podemos concluir nada hasta que la examinemos en un laboratorio”.

Pude escuchar al osteópata al teléfono hablando con un dermatólogo en la sala de al lado. “Venga deprisa”, dijo. “Parece algo serio”.

En cinco minutos llegó el especialista. “Aquí”, dijo el osteópata mostrando la verruga al dermatólogo.

“Sí”, dijo el dermatólogo con voz grave. Entonces me administró una anestesia local y extirpó la verruga. Terminó su servicio cosiéndome cuatro puntos y mostró la verruga para que los demás la vieran.

Los tres permanecieron en silencio. Yo me sentí más aprensivo todavía.

“No realizaremos ninguna conclusión hasta que lleguen los resultados del laboratorio”, dijo Sunil. “Puede que sea benigno”.

“¿Y si no lo es?”, pregunté.

Él se detuvo completamente ante mi pregunta. “En ese caso, tendríamos que comenzar radio o quimioterapia inmediatamente”, dijo sobriamente. “Pero tendremos que esperar dos días para el resultado. El laboratorio está cerrado ahora y no abrirá hasta el lunes”.

Mientras volvíamos al templo me sumergí en varios pensamientos. De repente, mi vida se transformó ante la realidad que se había presentado.

“¿Sería el comienzo del fin?”, me pregunté. Quedé aturdido por un instante.

Entonces me restablecí. “Estoy entrenado para esto”, me dije a mi mismo. “Esto no debería soprenderme”.

Pero sí era una gran sorpresa, aún a pesar de todas las clases que había escuchado sobre abandonar este mundo, y a pesar, también, de todas las clases que yo había dado sobre este asunto.

Continué reflexionando durante un tiempo largo. “Todavía faltan los resultados del laboratorio, como dijo Sunil”, pensé, “pero todos estaban muy preocupados, así que debería prepararme para lo peor”.

Cuando llegué al templo, algunos devotos me estaban esperando fuera de mi habitación para verme. No me sentía muy dispuesto para ver a nadie, así que los saludé, entré en mi habitación y cerré la puerta.

“Quería haber hecho más por mi maestro espiritual”, se me escapó mientras me sentaba en mi cama. “Hubo días en los que desperdicié mi tiempo. ¿Y por qué no profundicé en mi sadhana, como lo hicieron varios de mis hermanos espirituales?”.

Agarré mi japa y empecé a cantar con determinación. Entonces me detuve. “Bueno”, me dije a mi mismo, “¿por fin empezarás  a cantar de forma resuelta?”.

Bajé la cabeza. “¿Y si…?”, dije en voz baja. “¿Dónde iré cuando me muera? ¿De vuelta al Supremo?”.

Miré de reojo a mis deidades de Radha y Krishna en el altar. Me levanté de la cama y me senté frente a Ellas.

“Mi Señor”, oré, “si estoy destinado a padecer una enfermedad terminal, y si tuviera que nacer de nuevo, por favor, permíteme nacer en la casa de Tu devoto. Y bendíceme para que pueda continuar en el camino de la renuncia estricta mientras me ocupe constantemente en Tu servicio amoroso”.

De repente, alguien llamó a la puerta. Era Svarupa Damodara, el presidente del templo de Durban. Me preguntó si quería comer algo, pero yo no tenía apetito.

Aquella noche, no conseguí encontrar una posición cómoda en la cama. En algún momento me desperté pensando que había soñado lo que había ocurrido el día anterior, pero después recordé que no había sido un sueño. No conseguí dormir otra vez, así que me levanté y decidí escribir una carta a mis discípulos y amigos.

Sin embargo, primero quería escribir una carta al GBC pidiendo autorización para aceptar iniciación babaji y retirarme a Vrindavana para abandonar el cuerpo. No sería la primera vez que pasara: en 1975, Srila Prabhupada concedió la iniciaciónbabaji a mi hermano espiritual Audomoli Dasa, que había sido diagnosticado con una enfermedad terminal.

También me gustaría abandonar este mundo sin ninguna designación o pose material. En esta era, para poder predicar, el sannyasa tiene que involucrarse mucho con la energía material. Aunque el status pueda ser útil para servir, siempre representa un peligro para un trascendentalista. Cuando me muera, quiero haber vivido mis últimos meses con nada más que el santo nombre. Un babaji apenas tiene lo necesario, y su servicio final es cantar los santos nombres.

Tal como le dijo Srila Prabhupada a Audomoli en su iniciación de babaji:

Sannyasa tiene cuatro fases: kutichaka, bahudaka, parivrajakacharya yparamahamsa. El parivrajakacharya viaja por todo el mundo. Y después, cuando ya es completamente maduro, puede cantar Hare Krishna en algún lugar. Ya no tiene más deberes institucionales. Esa es la fase madura del sannyasa. Pero como tú crees que no tendrás muchos años más de vida, vete a Mayapur. No tienes otro deber. Apenas continúa cantando el mantra Hare Krishna y acepta cualquierprasada que llegue a ti. Y tan sólo ocúpate en cantar durante el resto de tu vida. [Tu nombre es] Audolomi Dasa Babaji… Así que esta es la primera vez en nuestra institución: un babaji”. (Aula en Chicago, 11 de julio de 1975)

Después de algunos párrafos, decidí parar de escribir hasta el lunes, cuando me confirmaran si tenía melanoma o no. Si continuara con al carta parecería que estaba confirmando la enfermedad.

Al día siguiente me mantuve ocupado. Pensé que si me relajaba, aunque fuera un único instante, mi mente se inquietaría especulando sobre los resultados del laboratorio.

Aquella noche tampoco pude sentirme cómodo en la cama. A la una de la madrugada me levanté y comencé a cantar japa.

“Esto es lo que me trajo a la conciencia de Krishna”, pensé. “Esto es lo que me mantuvo todos estos años, y esto es lo que me liberará”.

Pensé en una instrucción que di a mi discípula Vraja Lila Dasi en Vrindavana cuando estaba sucumbiendo a la leucemia. “Agarra la autopista”, le dije. Esas palabras ahora resonaban en mi cabeza.

El domingo por la mañana me mantuve ocupado de nuevo, pero a mediodía llamé a Sunil Mohan.

“Sunil”, le dije, “se que el laboratorio no abrirá hasta mañana, ¿pero hay alguna posibilidad de que obtengamos el resultado más temprano? Es muy difícil esperar algo así”.

Se detuvo un instante. “Voy a ver, Maharaja”, me dijo. “Le llamaré”.

Diez minutos después me llamó. “OK, Maharaja”, me dijo. “Le pedí a una de las chicas del laboratorio que trabaje ahora en su examen. Tendremos el resultado esta tarde”.

“Gracias”, le dije.

Por la tarde salía caminar por la plaza, pensando una vez más en la posibilidad de la muerte.

“¿Y si el resultado dice que no estoy enfermo?”, pensé de repente, permitiéndome, por primera vez, tener alguna esperanza. Paré de caminar.

“Si ese fuera el caso”, me dije a mi mismo, “me levantaría todos los días agradecido por una oportunidad más de servir a mi maestro espiritual, Srila Prabhupada. Y doblaría mis esfuerzos en ayudarlo a distribuir las glorias de los santos nombres alrededor del mundo. Aprovecharía cada momento para profundizar en el canto de los santos nombres. Y leería más. Todos los días bebería el néctar del Bhagavatam y de todos los libros que dejaron nuestros acharyasanteriores”.

Me detuve de nuevo. “E intentaría amar a Krishna antes de morir”, dije.

Entonces me acordé de la reacción de los médicos al descubrir la verruga. “Mjor no me hago muchas ilusiones”, concluí con un poco de desesperanza.

Continué caminando. Quince minutos después sonó mi celular. Vi que era Sunil Mohan. Dudé si atender o no. No importaba cuál fuera la respuesta: mi vida nunca sería la misma.

Dejé sonar un poco más el celular y entonces atendí.

“Hola, Maharaja, soy Sunil Mohan”.

“Hare Krishna, Sunil”.

“Maharaja, ya tengo el resultado del examen de la verruga”, dijo.

Hubo un largo silencio. Preparándome para lo peor, respiré profundamente y esperé.

“Disculpe, Maharaja”, dijo, “se me había caído la hoja y la estaba recogiendo. Maharaja, está todo bien. No era un melanoma. Sólo era una verruga común que había crecido. Pero no es ningún problema”.

Me quedé sin palabras.

“¿Hola?”, preguntó Sunil. “Maharaja, ¿escuchó lo que le dije?”.

“Sí”, le dije. “Gracias”.

“Disculpe que lo dejáramos preocupado”, continuó, “pero no podíamos correr el riesgo de no hacer los exámenes”.

“Claro”, le dije, “lo entiendo. Hicieron lo correcto”.

“Está bien, Maharaja. Hasta mañana”.

“Hare Krishna”, me despedí.

Guardé el celular en el bolsillo y me senté bajo un árbol. Uní mis manos y comencé a orar. “Gracias, Señor”, dije. “Gracias por darme una segunda oportunidad”.

Balanceé mi cabeza. “Qué increíble”, continué. “No había ningún peligro real. Y mismo así, siento que me estás dando una segunda oportunidad”.

Miré hacia arriba. “A veces es difícil entender Tus planes”, dije.

Reflexioné por un momento. “Mi Señor”, dije, “se que algún día un laboratorio me dirá que voy a fallecer, o me ocurrirá algún accidente fatal. Por lo tanto Te imploro, ayúdame a acordarme de estas valiosas lecciones que aprendí durante estos últimos dos días”.

Cuando regresé al templo los devotos me estaban esperando.

“Qué bien verlo feliz, Maharaja”, dijo un devoto al verme. “Parecía un poco decaído estos últimos dos días”.

“¿Parecía?”, pregunté. “Bueno, ahora estoy bien”.

“¿Qué le ocurrió”, me preguntó.

“Recibí una segunda oportunidad”, respondí, sonriendo.

Srila Prabhupada dice:

Así que aquellos que se apegan a la conciencia de Krishna tienen una oportunidad. Ya obtuvieron beneficios anteriormente por ejecutar esta conciencia de Krishna. Por alguna razón no alcanzaron la perfección, y por eso Krishna les dio una nueva oportunidad. No la desperdicien. Hagan completamente lo que deben hacer. Háganlo con perfección y vayan a Vaikuntha, o a Krishnaloka. Debemos orar a Krishna de esta forma: “Krishna, me has dado esa oportunidad. Por favor, se misericordioso conmigo para que no desperdicie esta oportunidad. Que no pierda esta oportunidad por la influencia de maya. Me has dado una gran oportunidad”. Debemos hacer esto.

(Conferencia en Tokio, 27 de abril de 1972)

 

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