1

-Hridayananda Dasa Gosvami

Cuando no se posee conocimiento sobre Dios y el alma, el esfuerzo por la libertad termina en cautiverio. Este artículo, originalmente publicado en 1983 en la revista Back To Godhead, aborda un tema siempre pertinente en un mundo que se esfuerza constantemente por alcanzar la paz.

La historia moderna está repleta de movimientos de liberación. Incluso la Revolución Estadounidense y la formación de la nación americana se pueden considerar como un tipo de movimiento de liberación que indicó el colapso final del colonialismo europeo.

Los estadounidenses, así como los pueblos de todas las naciones, continúan creando movimientos de liberación para liberar a los negros, mujeres, latinos, homosexuales y otros grupos del dominio social y la explotación económica de los grupos mayoritarios. Infelizmente, casi todos los movimientos de liberación parecen reforzar la visión materialista de la identidad personal en lugar de trascenderla, y de esa manera su ideología carga involuntariamente las semillas de más preconcepto, explotación y condicionamiento –precisamente las cosas contra las que están luchando–. Esto se puede explicar de la siguiente manera.

El materialismo moderno, frecuentemente bajo el título de «ciencia», tiende a definir la realidad exclusivamente en términos de materia y las leyes que gobiernan la materia. El biólogo John Maynard Smith, de la Universidad de Sussex, declara: «El individuo es simplemente un invento construido por los genes para garantizar la producción de más genes como él». Según el Dr. Richard L. Thompson, un matemático de la Universidad Estatal de Nueva York, en Binghamton, «esa declaración exprime lacónicamente la opinión de la ciencia moderna en relación al significado de la vida humana».

Desafortunadamente, los movimientos modernos de liberación, tal vez de manera inconsciente, parecen aceptar esa definición superficial de la vida. Así, en el acto feminista del 17 de noviembre de 1980, en el Pentágono, encontramos la siguiente declaración: «Estamos hechas de sangre y huesos, estamos hechas de… agua».

Es obvio que no somos sangre, huesos y agua, porque sangre, huesos y agua son elementos materiales inconscientes que difícilmente se dirigen hasta el Pentágono para garantizar sus derechos políticos y económicos. Somos conciencia, en virtud de lo cual estudiamos la ciencia la de sangre, de los huesos, del agua y así por delante, que constituyen nuestro cuerpo. Nosotros, seres conscientes, nos dirigimos a Washington para exigir nuestros derechos. Nosotros, que somos conscientes, formamos los movimientos de liberación porque la naturaleza de la conciencia es buscar libertad.

Si nos identificamos equivocadamente como meras máquinas materiales entonces, voluntaria o involuntariamente, destruimos la verdadera base para una sociedad pacífica y virtuosa: el respeto por la identidad espiritual de todos los seres vivos. Infelizmente, la mayoría de los movimientos de liberación enfatiza nuestras diferentes identidades corpóreas en términos de raza, género, etnia e incluso especie, con lo que se intensifican más en vez de trascender nuestra falsa identificación con el cuerpo material. A través de esa división de la vida, aprendemos a concebir la vida como una batalla perpetua entre los tipos de cuerpos.

Tal como se demuestra en la bizarra historia del comunismo, dicha liberación basada en una ideología mundana y divisoria tiende a exacerbar en vez de mejorar las discordias del mundo.

Analicemos más ese síndrome. El cuerpo material desea sexo, alimento, abrigo y defensa, mientras que la mente material busca satisfacer su orgullo y su vanidad, imaginando que es mejor que los demás. Una persona apegada al cuerpo material y la mente material, será controlada por ellos y buscará satisfacer los deseos del cuerpo y las vanidades de la mente.

Semejante persona tendrá la tendencia de ser un explotador o manipulador del mundo material, y se dedicará a buscar placer personal y superioridad, ya sea como individuo o a través de una identidad material colectiva, como familia, comunidad, nación, ideología o incluso una religión sectaria.

En esa primera etapa de liberación, se entiende que no somos un saco de moléculas o una máquina corpórea, si no conciencia pura. El Bhagavad-gita nos enseña nuestra identidad espiritual y ofrece el siguiente ejemplo para ilustrar nuestra existencia más allá del cuerpo material: en esta vida, primero tenemos cuerpo de bebé; después, cuerpo de niño; entonces, de adolescente; y finalmente, de adulto. Aunque el cuerpo sustituya sus componentes físicos cada siete años, formando una nueva entidad física durante ese período, continuamos siendo la misma persona. Esa persona continua es el yo, o el alma. De esta forma, nos libramos de la ilusión de que somos una biomáquina, de la ilusión de que mi existencia como una persona consciente no es, en última instancia, real, ya que se puede reducir a entidades impersonales inconscientes, como átomos y moléculas. Me libero de los deseos egocéntricos y de explotación que contaminan el cuerpo y la mente materiales. Esta es la verdadera liberación.

Las personas liberadas pueden satisfacer sus necesidades espirituales y materiales básicas sin utilizar, mental o físicamente, a otras personas como instrumentos de esa satisfacción. Así, el alma liberada satisface el imperativo categórico de Kant de que tratemos a cada persona como un fin en sí misma, y no como un medio para nuestros objetivos. Una persona liberada ve a todas las criaturas terrestres –aquellas en cuerpos de seres humanos, animales terrestres, pájaros, peces, insectos, plantas, etc.– como entidades espirituales eternas, envueltas temporalmente en diversas capas materiales. De esta forma, una persona liberada ve a todas las entidades vivas espiritualmente iguales a ella misma, dignas de respeto y cuidado. Un alma liberada no ve ninguna criatura, incluyendo aquellas con cuerpo de animales, como meros objetos de consumo cruel o manipulación. Una persona liberada se opone a la inexplicable brutalidad del matadero y a la devastación generalizada de la Tierra para la gratificación humana egoísta e innecesaria.

¿Cómo debemos proceder de manera práctica para obtener este estado de conciencia? En primer lugar, debemos librarnos de la ilusión de que somos máquinas materiales. Luego, debemos librarnos de los deseos egoístas que contaminan el cuerpo y la mente materiales. Y, finalmente, debemos librarnos del error de creernos los dueños de la Tierra. La Tierra no pertenece a los seres humanos, ni individual ni colectivamente. Pertenece a Dios. La experiencia de Dios está disponible de forma inmediata para cualquier persona que cante Su santo nombre.

La explotación sistemática de la Tierra, de los cuerpos ajenos o incluso del propio cuerpo, constituye una grave irresponsabilidad y duplicidad, ya que, en última instancia, no tenemos ninguna evidencia de que este mundo, o incluso nuestros cuerpo, nos pertenezcan. Al llegar a una nación en particular, nuestro deber es entender las leyes que gobiernan aquel lugar. Similarmente, el conocimiento de las leyes que gobiernan el universo es una preocupación primordial de todos los seres humanos. Sería absurdo y autodestructivo dejar de lado estas cuestiones.

Si nos dedicamos a la felicidad corpórea, sin comprender el alma y Dios, estamos presumiendo irracionalmente de dos cosas: (1) Presumimos que el cuerpo, y no la conciencia, o el alma, es nuestra verdadera identidad, digna de nuestra mayor preocupación, si no exclusiva. Presumimos que somos el cuerpo, y que tal vez tengamos alma, en vez de comprender que somos conciencia, o el yo, o el alma, y que estamos viviendo en un cuerpo. (2) Presumimos que si Dios existe, no participa en las cuestiones humanas o no controla las mismas, motivo por el cual satisfacer a Dios es irrelevante o innecesario para el progreso de la condición humana. Esa comprensión errónea implica la conjetura de que los seres humanos tienen el potencial para controlar los asuntos de la Tierra, e incluso de otros mundos. Esto supone que los humanos tienen el derecho de propiedad de la Tierra y posiblemente otros planetas, un concepto lleno de intenciones egoístas y destituido de exactitud objetiva.

En realidad, Dios existe y Sus leyes gobiernan el universo. Cuando se violan las leyes de Dios el mundo entero se perturba directa e indirectamente, como si fuera más allá de la víctima específica y se tratara de un crimen colectivo, y debilita todo el sistema de coexistencia pacífica y, por lo tanto, es socialmente indeseable para todos los ciudadanos. Cuando se violan las leyes de Dios, se violenta a la sociedad en general. Cuando se violan las leyes de Dios, que se han creado para la felicidad universal y el desarrollo de todas las almas, se viola el orden cósmico. Recibimos sin retribuir: el acto más básico de la injusticia.

Por otro lado, si Dios no es el creador de nuestro cuerpo, y si no existe un alma divina en su interior, entonces controlar o manipular a los demás es apenas un evento biofísico sin consecuencias, significado o valores morales absolutos. A partir de ese presupuesto, la moralidad y la justicia son meras invenciones de entidades hipócritas por parte de los pueblos o clases sociales, que solo expresan los dictámenes de sus genes o tal vez sus fantasías personales de un orden moral objetivo.

En esta realidad, destituida de Dios y del alma, los intentos de los pueblos o clases sociales para liberarse de la opresión o conseguir justicia, solo son pruebas de fuerza política para la gratificación personal, un juego movido por el darwinismo social sin ningún sentido último más allá de los caprichos humanos.

Si alegamos que Dios es inútil o no existe porque millones de personas inocentes sufren ante los ojos del Dios todopoderoso, aceptamos el concepto primitivo de que el alma se crea en la vida presente y, por consiguiente, no se la puede culpar por su sufrimiento cuando es un bebé, un niño o un adulto, ya que el alma sufridora no ha cometido ninguna actividad antes de este nacimiento. El concepto de la creación del alma, o de la única oportunidad de salvarse, exacerbó enormemente el dicho «problema del mal», en respuesta a lo que algunos teólogos declararon que el sufrimiento de los inocentes es un misterio religioso inescrutable. Naturalmente, esto debilita la esperanza de encontrar una explicación espiritual racional de la vida. La noción védica –y de hecho, también la budista– de karma y reencarnación de acuerdo a los principios morales justos, ofrece un enfoque más racional para este problema teológico constante.

Los seres vivos residimos en nuestro cuerpo como un alma consciente eterna. Solo percibimos nuestro cuerpo y el de los demás, y por eso cometemos el error de vernos como entidades materiales cuyo verdadero hogar es este mundo material. Entonces buscamos explotar el cuerpo para la gratificación egoísta, en vez de ocuparnos en servir a Dios. Así, las almas ignorantes, avariciosas y competitivas de este mundo, se enredan en conflictos y miserias interminables.

La verdadera tiranía es la tiranía de la ilusión: la ilusión que cubre nuestra naturaleza espiritual eterna. Un alma consciente de Krishna trabaja por la justicia en este mundo, basándose en la igualdad espiritual de todo lo que ve. La verdadera liberación exige que se saque al yo consciente del ciclo de nacimiento, muerte, enfermedad y vejez. La liberación que ignora nuestra vida permanente, nuestra felicidad última y nuestra sabiduría suprema no es nada más que una sombra de la verdadera libertad.

Un mundo de pocos grandes explotadores, o un mundo de muchos pequeños explotadores producirá la misma confusión y el mismo conflicto. Es ridículo buscar la paz en un mundo lleno de billones de dioses que compiten entre sí. La avidez por explotar la materia para satisfacer el cuerpo o la mente, y de esa forma gratificar el ego falo, es como un germen. Mientras la única célula de ese germen permanezca en la mente del individuo, esta acabará creciendo y minará nuestros esfuerzos para conseguir la liberación.

Muchos movimientos de liberación, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, anulan la base del respeto entre todas las criaturas: reconocer la santidad de todas las formas de vida. Hacen esto al adherirse al concepto material burdo de la vida, e ignorando la fuente trascendental de la existencia, aquella entidad consciente suprema que es la autoridad para establecer un imperativo irrefutable de un tratado social libre de explotación.

 

Si le gustó este artículo, también le gustará el contenido de las siguientes obras y los siguientes artículos:

Sankirtana-Shop-70Sankirtana-Shop-79Sankirtana-Shop-g1Sankirtana-Shop-82 (1)

No hay comentarios

  1. Mis mas humildes reverencias mi querido MAESTRO està perfectamente clarìsimo
    es lo que cada ser viviente lo tenemos que entender lo que es nuestra existencia, nuestro papel para que estamos aqui y a dònde tenemos que regresar y encontrar la verdadera liberaciòn, muchisimas gracias a los pies de loto de mi Señor.

  2. Mis reverencias, segun lo expuesto en el articulo ¿Caerian en esta categoria movimientos de liberacion «new age»? ¿Este tipo de movimientos puede ser compatible con la conciencia de Krishna?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *