Traducido del sánscrito por Hridayananda Dasa Gosvami

Por orden de edad, y en días sucesivos, cada príncipe real tomó la mano de aquella excelente mujer que había adoptado una forma de belleza suprema.

El sabio Vaisampayana está contando al rey Janamejaya la historia de sus bisabuelos, los Pandavas. La princesa Draupadi, en una vida anterior, había orado al Señor Shiva pidiéndole un esposo cinco veces, y el Señor Shiva le había por ello dado la bendición de casarse en su próxima vida con cinco antiguos indras. Esos indras habían nacido ahora como Yudhisthira y los otros cuatro hermanos Pandava. El sabio Vyasa acaba de contar esta historia al padre de Draupadi, el rey Drupada, que había puesto en duda que el matrimonio de Draupadi con los cinco Pandavas fuese correcto.

El rey Drupada dijo:

―Fue solo porque yo no había oído estas palabras que me has dicho, Maharshi, por lo que primero me esforcé en hacer las cosas de determinada manera. Lo que la providencia ordena, no se puede evitar, y esa es la única norma de importancia aquí. El nudo atado por el destino nunca se puede deshacer; nada lograremos con nuestro esfuerzo si nos esforzamos por ir en contra de la voluntad del Supremo. Se hicieron preparativos para un solo novio, pero son más que suficientes para cinco.

―En el pasado, Draupadi pidió varias veces al Señor Shiva que le diese un marido, y él pronunció sus bendiciones conforme a ello, pues el Señor sabe con seguridad lo que es mejor en esta situación. Cuando el Señor Shiva, con su conocimiento superior, ha establecido personalmente lo que es correcto y lo que no lo es en este caso, no hay ofensa por mi parte. Que esos muchachos tomen su mano en sagrado matrimonio, como desean, pues Draupadi les está claramente destinada.

A continuación, el excelso Vyasa dijo a Yudhisthira, el rey de la honestidad:

―Hoy es un día sacro, Pandava, pues la luna ha entrado en conjunción con la constelación Pausya. Por ello, en este mismo día, debes ser el primero en tomar la mano de Draupadi.

Conforme a ello, el rey Drupada y su hijo reunieron toda clase de riquezas para obsequiar al novio y a los suyos, y ordenó que trajeran a su hija después de que ella se hubiera bañado y adornado con muchas joyas. Entonces, todos los ministros, consejeros y amigos íntimos del rey acudieron con ánimo festivo a ver la boda, y así lo hicieron también los más importantes brahmanas y habitantes de la ciudad.

El palacio del rey estaba embellecido con brahmanas que habían venido a pedir caridad, y por todas partes había flores de loto que adornaban el entorno del festival. El palacio brillaba con gran abundancia de piedras preciosas, como el cielo con sus miríadas de estrellas blancas y puras.

A continuación, los hijos del rey Kaurava, vestidos con ropas de gran valor, adornados con pendientes y otros adornos enjoyados, refrescados con muy valiosa pasta de sándalo, fueron debidamente ungidos en las abluciones rituales, y aquellos hermanos celebraron todos los ritos que invocan bendiciones sustanciales en el momento del matrimonio.

Con el orden debido, conforme al ritual, y acompañados por Dhaumya, el sacerdote real, que brillaba con el esplendor del fuego, los Pandavas entraron en el gran salón como toros poderosos y radiantes que entrasen en sus prados de placer. Dhaumya, en primer lugar, encendió el fuego sagrado y ofreció oblaciones, y cuando el fuego ardió con los potentes mantras védicos, aquel maestro de la ciencia védica hizo que Yudhisthira se adelantase, y le unió en matrimonio con Draupadi mediante todos los mantras necesarios. Marido y mujer se tomaron de las manos, y con su magistral comprensión de los ritos védicos, Dhaumya les hizo caminar en torno al fuego de sacrificio. Despidiéndose entonces de Yudhisthira, que tanto brillaba en las batallas, el sacerdote partió hacia el palacio real.

Por orden de edad, en los días sucesivos, cada príncipe real tomó la mano de aquella excelente mujer, que había adoptado una forma de belleza suprema. Los príncipes eran todos guerreros maharatha que propagaban la gloria de la dinastía Kuru, y cada uno de ellos se casó con Draupadi. El santo sabio Vyasa habló del esplendor maravilloso y sobrehumano de la ocasión, pues con cada día que pasaba, Draupadi, la de fina cintura, por su gran influencia espiritual, se volvía de nuevo virgen.

Celebradas las bodas, Drupada dio toda clase de tesoros valiosos a los grandes guerreros, incluyendo cien cuadrigas adornadas de oro y uncidas a cuatro caballos de bridas doradas. Les obsequió también con cien elefantes manchados de rojo, que eran como cien montañas de cumbre dorada, y con cien sirvientas jóvenes y exquisitas adornadas con los más costosos vestidos, alhajas y guirnaldas.

Con el fuego sagrado como testigo, el rey Drupada dio a cada Pandava enormes riquezas, con ropas y alhajas sumamente valiosas, adecuadas a su poderío. Los Pandavas aceptaron gustosos aquella gran fortuna, un gran peso en joyas. Después, aquellos poderosos guerreros, iguales a Indra, se solazaron y disfrutaron en la capital del rey de Pancala.

Kunti bendice a Draupadi

Ahora unido a los Pandavas, Drupada no temía a nada, ni aun a los dioses.  Las mujeres del noble Drupada se acercaron entonces a Kunti, la madre de los Pandavas, y le dijeron sus nombres, tocándole los pies con su cabeza. Vestida de lino, ligada con el auspicioso cordón del matrimonio, también Draupadi ofreció reverencias a su suegra, y permaneció postrada con las manos juntas. Draupadi estaba dotada de belleza y de los signos de la nobleza, y su conducta y carácter eran ideales. Kunti lo sabía, y, con amor, le dirigió las siguientes palabras de bendición:

―Como Indrani mora en Indra, Svaha en el señor del fuego, Rohini en la luna, la casta Damayanti en Nala, Bhadra en Vaisravana, Arundhati en Vasishtha, y la diosa de la fortuna en el Señor Narayana, que tú mores en tus hombres, y que ellos te mantengan. Que traigas al mundo hijos sanos y heroicos que llenen de alegría tu corazón. Que la buena fortuna sea contigo, y todas las comodidades de la vida. Habiéndote casado ante el fuego sagrado, que siempre hagas honor a tu voto.

―Que vivas años sin fin, honrando a los visitantes no esperados tanto como a tus maestros, y a los jóvenes, los santos, los mayores y los maestros, como conviene y conforme a la ley religiosa. Siguiendo a tu rey, amante de la virtud, que seas ungida reina de las naciones, comenzando por Kuru y Jangala, y de sus ciudades. Cuando tus poderosos señores hayan conquistado con su valor la tierra, haz con ella una gozosa ofrenda a los brahmanas, con grandes sacrificios como el Asvamedha. Bondadosa dama, que obtengas todos los finos tesoros de la tierra y vivas feliz durante cien otoños. Así como yo me regocijo hoy contigo, pues eres una recién casada vestida de lino, que vuelva a regocijarme también cuando seas madre de un hijo dotado de todas las buenas cualidades.

Los regalos del Señor Krishna

A continuación, el Señor Krishna envió a los recién casados Pandavas toda clase de hermosas perlas, diamantes y adornos de oro puro. El Señor Krishna, conocido con el nombre de Madhava, envió también costosas prendas de muchos países, junto con sábanas, pieles de ciervo y joyas. Todo ello era agradable al tacto y era de la más pura calidad. Envió grandes camas y toda clase de asientos, grandes vehículos de distintos tipos, y cientos de vasijas adornadas con diamantes y piedras de ojo de gato. El Señor Krishna envió también miles de jóvenes asistentas, amables y meticulosas, hermosamente adornadas y de muchos países distintos. Envió elefantes obedientes y de naturaleza dócil, caballos celestiales con finos adornos, y cuadrigas de maravillosa conducción, adornadas con telas brillantes como el oro. El Señor Krishna, Madhusudana, la inconmensurable alma del universo, envió también millones de ladrillos de oro sin labrar. Dharmaraja, Yudhisthira, aceptó todos aquellos dones con la mayor alegría. Su única motivación era complacer a su Señor, Krishna, que es conocido como Govinda, la fuente suprema del placer de los sentidos de todos los seres vivos.

 

 

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