Radhanatha Swami

La oración obra milagros en nuestra existencia. Mientras la vida nos da a menudo sorpresas desagradables, la oración nos permite tener acceso la misericordia infinita del Señor.

Cierta vez, un estudiante me preguntó si escribirle cartas a Dios nos ayuda.

—Por supuesto que sí —le contesté.

—¿Usted también le escribe cartas a Dios y a su guru? —me preguntó.

—No soy un gran escritor —le confesé—. Pero me gusta mucho orar. Adoro rezar.

Ya sea que lo hagamos a través de una carta o una oración, un rezo sincero siempre nos ayuda a conectarnos con Dios de forma íntima.

Cuando era pequeño, solía rezar en mi cama hasta quedarme dormido. En la plegaria encontraba una especie de refugio, sentía que alguien me estaba escuchando. A día de hoy sigo rezando, habiendo aprendido de niño que la oración es la herramienta más poderosa para poder tocar a Dios con nuestros pensamientos y para sentir Su presencia en nuestras vidas.

La oración obra milagros en nuestra existencia. Aunque la vida nos suele dar sorpresas desagradables, la oración nos permite obtener la misericordia infinita del Señor. Algunas situaciones son tremendamente dolorosas y nuestra inteligencia no es capaz de entender que la  nueva realidad es una bendición del Señor.

En esos momentos podemos rezar a Dios humildemente, diciendo
«Oh, Señor, por favor, dame la fuerza para ver esta situación como tu misericordia aunque con mi inteligencia limitada yo no sepa apreciarlo». Así, podemos aprovechar la gracia inconcebible de Dios, desarrollando gratitud en todas las situaciones que el Señor pone en nuestras vidas.

Los momentos de oración son nuestra cita exclusiva con Dios. Una vez, alguien me preguntó: «Si Dios sabe todo lo que hay en tu corazón, ¿por qué necesitamos rezar?» Yo estuve de acuerdo en que Dios nos conoce a fondo. No obstante, Él aprecia profundamente nuestras oraciones. Dios se siente complacido cuando nos entregamos a Él y nos acordamos de Él.

Aunque nuestras plegarias no tengan la pureza de las oraciones de las grandes almas, Dios siente placer al oírlas, igual que un padre es feliz oyendo los balbuceos de su hijo cuando comienza a hablar. Sin duda alguna, el Señor se complace al ver cómo vamos dando pequeños pasos en nuestras plegarias, aunque sean incoherentes y a veces estemos distraídos.

A menudo no sacamos partido a nuestras oraciones porque tenemos deseos materiales en nuestros corazones, y esperamos que Dios esté de acuerdo con estas aspiraciones mundanas.

A pesar de que ya estamos dando un gran paso al volvernos hacia Dios, nuestra relación con Él todavía no está basada en un amor desinteresado. Una oración sincera no garantiza una solución material a nuestros problemas; sin embargo, asegura que nos acordemos más del Señor y, por lo tanto, que nos acerquemos más a Él. Esto llena nuestro corazón de valiosas emociones espirituales y nos ayuda a trascender nuestros insignificantes deseos egoístas.

Una buena forma de superar el egoísmo es ofrecer oraciones por los demás. Las plegarias sinceras por el bienestar de los otros colman nuestros corazones con la presencia amorosa del Señor y nos aportan satisfacción profunda y duradera; además, nos otorgan fuerza espiritual para servir a los demás con alegría.

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