Ravindra Svarupa Das

Muchas personas se preguntan qué han hecho para merecer las cosas malas que les suceden en la vida. Este tema preocupa tanto que se creó una disciplina especial llamada «teodicea», un ramo de la teología que se interesa en justificar los caminos de Dios en relación con el hombre.

Aproximadamente cinco años atrás, cuando estábamos instalando un altar en nuestro templo nuevo, el supervisor de la compañía de mármol solía traer a su hijo de siete años para ver la obra. El niño era muy bonito, tenía el pelo de color negro azabache, la piel clara y pestañas largas y negras. Siempre se portaba bien y solía estar de buen humor, aunque era casi incapaz de caminar. Nunca vi que anduviera más de unos pocos pasos, y siempre se recostaba en la pared en una posición extraña, torciendo su tronco y echándose hacia delante de una forma desgarbada.

El niño había nacido cojo. Aunque era alegre, su padre era todo lo contrario, un hombre irritado. «Cuando este chico nació dejé de ir a la iglesia», me dijo una vez, mientras colocaba adhesivo entre las placas de mármol. «No he hecho nada para merecer esto. No soy un santo, pero tampoco me merezco esto. Y aunque me lo mereciera, ¿qué culpa tiene él

Un padre afligido, un simple marmolista, estaba planteando una cuestión que preocupa a los pensadores religiosos occidentales. Este tema preocupa tanto que se creó una disciplina especial llamada «teodicea», un ramo de la teología que se interesa en justificar los caminos de Dios en relación al hombre. La teodicea trata con «la cuestión del mal». Santo Agostinho lo presenta como un dilema: «O Dios no puede eliminar el mal del mundo, o Dios no quiere eliminar el mal del mundo. Si Él no puede, no es todopoderoso. Si Él no quiere, no es completamente bondadoso». La siguiente formulación refleja la lógica del problema: la maldad de este mundo es incompatible con la existencia de un Dios que sea simultáneamente todopoderoso y completamente bondadoso. Negar cualquiera de los dos atributos podría explicar fácilmente la presencia del mal, pero los teólogos ortodoxos siempre lo han considerado inaceptable.

Los que juzgan la cuestión del mal como algo insoluble, suelen negar la existencia de Dios en vez de creer en uno que tenga o bien poder limitado, o bien bondad limitada. A fin de cuentas, ¿este ser infinito estaría realmente cualificado para ser llamado de «Dios»? ¿Sería digno de nuestra adoración?

Aunque los filósofos y teólogos nos hayan dejado mucha literatura técnica acerca de la cuestión del mal, se trata de algo más que una preocupación teórica. Es un problema que, tarde o temprano, afecta a todos. El sufrimiento es algo universal. Pero por extraño que parezca, también lo es el sentimiento del que sufre porque cree que fue elegido injustamente. Miles de bocas gritan indignadas: «¿¡Por qué yo?! ¿Por qué me merezco esto?»

En respuesta a estas personas, un rabino de Massachusetts, Harold S. Kushner, escribió el libro Cuando a la gente buena le pasan cosas malas. Es un tratamiento dolorosamente honesto de lo que el autor afirma que es el único problema teológico que llega a las personas «donde realmente les importa».

El libro de Kushner nació a partir de su dolor personal; su testimonio merece respeto. Él cuenta que su hijo padecía progeria, una enfermedad que causa un envejecimiento rápido. De hecho, el envejecimiento fue tan rápido que Kushner vio a su hijo quedarse calvo y con la cara arrugada, arqueado y débil, hasta morir a causa de vejez a los catorce años de edad. Kushner presenta el punto de vista de la víctima y nos permite escuchar las voces reales de las personas afligidas. Bajo ese enfoque, las típicas justificaciones religiosas para nuestras desgracias, que Kusher expone una a una, parecen simples malabarismos mentales que no consideran seriamente el sufrimiento de las personas, sino que sólo intentan sacar a Dios de la horca, sin importar si lo hacen de una manera imperfecta.

Kushner critica las respuestas típicas que suelen presentar los padres, pastores y rabinos, y ofrece su propia solución radicalmente heterodoxa. Su libro fue best-seller durante meses y atrajo a un número considerable de seguidores agradecidos a su exposición, entre ellos judíos, católicos y protestantes. En efecto, la popularidad de su visión entre los miembros de las principales iglesias y sinagogas americanas sugiere una especie de rebelión teológica en su fundamento.

Según Kushner, el consejo más censurable de la teodicea es retirar la culpa de Dios y colocarla en la persona que sufre para explicar el sufrimiento, «presumiendo que merecemos lo que recibimos, que de alguna forma nuestras desgracias son un castigo por nuestros pecados». Aceptar que nos ocurren cosas malas como un castigo de Dios, dice Kushner, puede ayudarnos a dar sentido al mundo, otorgarnos una razón persuasiva para ser buenos y sustentar nuestra creencia en una deidad todopoderosa y justa, pero no es «religiosamente adecuada».

Con «religiosamente adecuada», Kushner quiere decir «reconfortante». Ver el sufrimiento como un castigo por haber pecado no es reconfortante, porque eso enseña a las personas a culparse por sus desgracias, y eso genera culpa, que a su vez «hace que las personas odien a Dios tanto como a sí mismas».

Kushner nos habla de un matrimonio que relacionaba la muerte repentina de su hija adolescente con el hecho de no haber observado el ayuno prescrito en un día sagrado judío: «Ellos pensaban que la muerte de su hija había sido culpa suya; si no hubieran sido tan egoístas y perezosos con el ayuno Yom Kippur seis meses antes del accidente, ella todavía estaría viva. Se sentían furiosos con Dios por haberles cobrado su fallo de una forma tan estricta, pero temían admitir su ira por miedo a que Él los volviera a castigar de nuevo. La vida los había herido y la religión no los podía reconfortar. La religión los hacía sentir pésimos».

El hecho de situar la ira contra Dios como tema central de la discusión es un mérito de la obra de Kushner, que permite que se hable ampliamente sobre algo que pocos creyentes han tenido el valor de admitir alguna vez, incluso a sí mismos. Muchas personas están debidamente agradecidas de que alguien haya reconocido sus verdaderos sentimientos y haya tratado con ellos abiertamente.

Sin embargo, el peor aspecto de la creencia de que nuestros errores son la causa de nuestras desgracias, dice Kushner, es que eso no coincide con los hechos. En realidad, las personas sufren males que no merecen; todo el tiempo le ocurren cosas malas a las personas buenas. Kushner lo sostiene rotundamente. A las miles de personas resentidas con las injusticias de la vida, que proclaman con rabia e indignación «¡Yo no hice nada para merecer esto!», Kushner les responde reconfortantemente: «Tienes razón. No lo mereces».

Y Kushner no se refiere a santos, a personas que nunca cometieron un error. Él quiere saber «por qué las personas comunes, nuestros vecinos amigables, que no son extraordinariamente buenos ni extraordinariamente malos, deben experimentar súbitamente la agonía del dolor y la tragedia». Ellos no son mucho mejores ni mucho peores que la mayoría de las personas que conocemos; entonces, ¿por qué sus vidas tendrían que ser más duras?

Con este punto, descubriendo un gran pasado de resentimiento, conquistó a su séquito.  Él deseaba reconocer abiertamente un gran sentimiento reprimido de traición, una intensa acusación silenciosa que, para disgusto de los creyentes, fluye desde sus corazones y se eleva como un reproche universal silencioso: «¡No has mantenido Tu parte del acuerdo!»

Kushner insiste en que los inocentes sufren, y para demostrarlo, aborda el agravio que ha sido la pesadilla de la teodicea judeocristiana y que causó su propia incursión en la cuestión del mal: el sufrimiento y la muerte de los niños.

Esta fue la causa de que el marmolista se volviera ateo y la respuesta común de las personas a las que Dios les ha fallado. Sin embargo, Kushner quiere evitar el ateísmo con su libro. Para que las personas devastadas espiritualmente debido a las desgracias puedan revivir su fe, Kushner ofrece su historia personal y la manera en que él y su esposa «consiguieron continuar creyendo en Dios y en el mundo a pesar del dolor que sintieron».

De hecho, Kushner está convencido de que la existencia de un Dios todopoderoso y completamente bondadoso es incompatible con los males de nuestro mundo, a pesar de que continuemos creyendo en Dios. Por lo tanto, su conclusión es simple: podemos seguir creyendo en Dios, pero no en un Dios todopoderoso. Dios es bueno, pero hay límites para lo que puede hacer. Dios no quiere que suframos; Él está tan irritado y triste con nuestras desgracias como lo estamos nosotros. Sin embargo, Él también es impotente.

Este es el credo de Kushner: «Creo en Dios», dice, «pero reconozco Sus limitaciones». Como resultado, Kushner nos dice aliviado: «Yo no responsabilizo a Dios de las enfermedades, accidentes y desastres naturales, porque me doy cuenta de que gano poco y pierdo mucho cuando culpo a Dios de estas cosas. Es más fácil adorar a un Dios que odia el sufrimiento pero que no puede eliminarlo, que adorar a un Dios que elige que los niños sufran y mueran, independientemente de cualquier razón elevada».

No me resulta fácil colocarme en el lugar de Kushner o del marmolista: también tengo hijos. Jamás podré entender la razón por la que, partiendo de los presupuestos religiosos en los que cree, Kushner pueda adorar a una deidad limitada  y el marmolista no consiga entrar en una iglesia. Sin embargo, no tengo un problema con Dios como lo tienen ellos. Cuando ocurren cosas malas, no me veo cuestionando Su poder o Su bondad.

Claro que yo soy un devoto de Krishna; mis convicciones religiosas se basan en el teísmo védico que revelan el Bhagavad-gita y el Srimad-Bhagavatam. La mayoría de los americanos normales consideran radical adherir a semejantes convicciones. No obstante, muchos americanos normales están dispuestos a hacer algo que, a su manera, es más radical de lo que hago yo. Abandonan uno de los principios teístas más básicos y universales: adoran a un Dios menos todopoderoso.

Me gustaría compartir la forma en la que nosotros lidiamos con la cuestión del mal. Si usted, al igual que muchos otros, está insatisfecho con la teodicea judeocristiana típica, tal vez quiera considerar nuestra visión consciente de Krishna antes de seguir al rabino Kushner.

En el Bhagavad-gita, Krishna explica que tú y yo, como seres vivos, somos entidades espirituales, almas. En este momento ocupamos cuerpos hechos de materia, pero no somos este cuerpo. Nuestra participación en la materia es una desdicha, pues es la causa de nuestro sufrimiento. Nosotros pertenecemos al reino espiritual, donde la vida es eterna, plena de conocimiento y bienaventuranza. Allí, todos se rinden alegremente al control de Dios mientras lo sirven directamente con amor. Todo acto está motivado exclusivamente por el deseo de complacer a Dios.

No obstante, algunos de nosotros anhelamos perversamente la posición de Dios. Quisimos ser independientes para poder disfrutar y controlar a otros, así como lo hace Dios. Pero nosotros no podemos tener la posición de Dios; sólo Él no tiene ningún maestro. Sin embargo, Él nos envía al mundo material para concedernos nuestro deseo, y ahora Él nos controla indirectamente a través de Su naturaleza material y sus leyes. Aquí podemos olvidarnos de Dios, podemos esforzarnos en satisfacer nuestros deseos y vivir en la ilusión de la independencia.

Pero las leyes de la naturaleza nos controlan y nos fuerzan a habitar perpetuamente una sucesión de cuerpos materiales temporales. Situados en la ignorancia, nos identificamos con cada cuerpo en el que entramos, y sufrimos una y otra vez los dolores del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte. Vida tras vida transmigramos por cuerpos vegetales, animales y humanos, ya sea en este planeta o en otros planetas mucho mejores, o ya sea en planetas mucho peores.

Cuando obtenemos un nacimiento humano, nuestro destino pasa a ser moldeado por el karma. En el Bhagavad-gita (8.3), Krishna define karma como «la acción que está relacionada con el desarrollo de estos cuerpos materiales». Esto significa que hay acciones que realizamos en este momento que determinarán nuestros futuros nacimientos materiales. ¿Qué tipo de acciones? Las que están motivadas por deseos materiales. Podemos ejecutarlas directamente para nosotros o indirectamente para nuestras extensiones (familia, amigos, comunidad, nación, etc.). Estos actos determinan nuestros futuros nacimientos en el mundo material para que podamos cosechar lo que hemos plantado.

Dos tipos de karma: bueno y malo

Cualquier sociedad civilizada reconoce un conjunto de mandamientos que tiene una autoridad divina y regulan el disfrute material. Estas instrucciones, por ejemplo, restringen el sexo a las relaciones matrimoniales y obligan a los ricos a ser filántropos. También alientan actos religiosos y de caridad, que otorgan mérito al practicante. Y describen métodos de expiación para los transgresores. De esa forma, las personas reciben autorización para buscar el placer material, pero tienen que seguir ciertos códigos morales y religiosos. Y el que sigue esos códigos y logra una vida piadosa de placer sensual limitado, tiene la promesa de que recibirá mayores placeres en la vida venidera.

Si actuamos de acuerdo a las regulaciones de las escrituras, los Vedas dicen que produciremos buen karma, y en los próximos nacimientos podremos disfrutar los beneficios de nuestra piedad. Por ejemplo, si una persona nace en una familia aristocrática, es hermosa o es rica, está cosechando los beneficios de un buen karma. Los Vedas también nos dicen que si alguien es extremamente piadoso, podrá renacer en uno de los planetas superiores de este universo, donde el estándar de placer sensual es mucho mayor que cualquier cosa que tengamos en la Tierra.

Por otro lado está el mal karma. Creamos mal karma cuando descuidamos los mandamientos y limitaciones de las escrituras para buscar placer sensual; es decir, cuando actuamos de forma pecaminosa. El mal karma nos trae sufrimiento y desgracia, como nacer en una familia degradada, pobreza, enfermedades crónicas, problemas legales o fealdad física. El karma excepcionalmente malo nos llevará a cuerpos animales o a planetas inferiores con tormentos infernales.

La ley del karma es tan estricta, implacable e imparcial como las leyes naturales más groseras del movimiento y la gravedad. Y la conozcamos o no, nos afecta de la misma manera. Por ejemplo, si como carne de animales aunque pueda prescindir de ella, mi mal karma me forzará a nacer como un animal y que me maten. O si hago que se mate un feto en el vientre, conseguiré que me maten de la misma manera, una y otra vez, sin llegar a ver nunca la luz del día.

De esta forma, cuando nacemos heredamos las consecuencias de nuestros actos buenos y malos. Tenemos una larga historia, y la felicidad y la aflicción que nos otorgará la vida ya está determinada. De hecho, somos hijos del destino y rehenes de la suerte, pero nosotros somos los que creamos ese destino y esa suerte. Y en esta vida continuamos creando nuestra suerte.

Sin embargo, Kushner no sabía nada de esto, por lo que no pudo entender su sufrimiento. Él cargaba consigo mismo la inquebrantable convicción de que Dios le dio una vida agradable y feliz, la convicción de que Dios está obligado a disponer todo para su satisfacción. No obstante, Dios falla y esto genera una crisis en la fe de Kushner. Y antes que sucumbir a la debilidad, éste prefiere concluir que las únicas posibilidades que hay son que Dios sea malvado o que sea débil.

Sin embargo, pese a Kushner, Dios es absolutamente bondadoso y todopoderoso. El punto es que él no proyecta nuestro sufrimiento: lo hacemos nosotros. Nosotros somos los autores de nuestro karma. Es nuestra decisión, no la Suya, la que nos trae a este mundo material, el reino del sufrimiento.

La respuesta ante la pregunta de “¿Por qué le ocurren cosas malas a las personas buenas” es que esto no ocurre. Todos los que estamos en este mundo material… ¿cómo puedo decirlo? No somos de lo mejor. Perversos y tramposos, somos las persona non grata del reino de Dios. Nos envían aquí porque queremos una vida independiente de Dios, y Él satisface nuestro deseo en la medida de lo posible. Como Su posición es fija, todo lo que conseguimos es jugar a ser Dios mientras nos mentimos a nosotros mismos considerándonos independientes de Él.

Al mismo tiempo, el mundo material nos reforma, enseñándonos a reconocer la posición suprema de Dios a través de recompensas y castigos, pues mediante la ley natural, la dosis de placer que deseamos se distribuye de acuerdo a nuestra obediencia a las regulaciones divinas y si seguimos los caminos del buen karma. Practicar un buen karma corresponde a la religión motivada materialmente, las órdenes de Dios se cumplen para lograr una recompensa material. A través de esa práctica, después de muchas vidas puedo acostumbrarme a seguir las órdenes de Dios, y de esta manera me reconcilio con Su supremacía. Entonces, finalmente me vuelvo capaz de adoptar la religión pura y eterna en la que, completamente libre de todos los deseos materiales, sirvo a Dios con devoción amorosa, sin pedir nada a cambio. Esta religión, llamada bhakti en los Vedas, otorga el regreso al reino de Dios. Las actividades de bhakti están libres de karma, o sea, no producen ningún nacimiento material futuro, sea bueno o malo.

Por lo tanto, a partir de los Vedas aprendemos acerca de dos religiones claramente diferentes: una pura y otra impura. Practicar buen karma puede elevarnos en el mundo material, garantizarnos una vida de larga duración en los planetas celestiales y así por delante. En otras palabras, puede convertirnos en prisioneros de lujo en este mundo material. Por el contrario, bhakti puede liberarnos definitivamente de la prisión. Ni si quiera el mejor karma puede liberarnos del sufrimiento, como nos avisa Krishna en el Bhagavad-gita (8.16): «Desde el planeta más elevado del mundo material hasta el más bajo de ellos, todos son lugares de sufrimiento en los que ocurre el reiterado proceso del nacimiento y la muerte». Sin embargo, bhakti destruye todas reacciones del karma, extirpa los deseos materiales, revive nuestro amor puro por Dios y nos envía a Su morada, más allá del nacimiento y la muerte. Allí no experimentamos el placer material temporal, sino que, al contrario, saboreamos la bienaventuranza espiritual eterna de servir a Krishna, con lo cual nos unimos a Su bienaventuranza.

La tradición védica se destaca por el hecho de distinguir muy claramente entre la religión del buen karma y la religión pura de bhakti, sin transigencias. A la mayoría de nosotros, seamos católicos, protestantes o judíos, nos enseñaron a pensar en un tipo de religión cármica: Dios nos puso en esta Tierra para divertirnos, y si actuamos dentro de los límites establecidos, sin olvidarnos de mostrar el debido respeto y nuestra gratitud a Dios, Él se encargará de nuestro éxito. Debemos solicitar a Dios que atienda nuestras necesidades y realice nuestros deseos lícitos, porque Él es el mejor proveedor de pedidos. Si somos obedientes y buenos, Él nos recompensará en esta vida y todavía mejor en la próxima.

Esta es la religión que practicó Kushner: «Igual que la mayoría de las personas, mi esposa y yo crecimos con una imagen de Dios paternal, una imagen de sabiduría absoluta y todopoderosa que nos trataría como nos tratan nuestros propios parientes terrestres, o mejor. Si obedecíamos, Él nos recompensaría. Si llegáramos a desviarnos, Él nos disciplinaría con reticencia, pero firme. Él impediría que nos lastimáramos a nosotros mismos o que alguien lo hiciera, y nos suministraría todo lo que necesitáramos en la vida».

Kushner comienza a reconsiderar su religión cuando descubre que no funciona así. En este punto, muchas personas, como el marmolista, deciden volverse ateas. La idea de Dios como suministrador de pedidos es la razón de que muchas personas no crean en Él. Sin embargo, Kushner quiere conservar su fe en Dios, o al menos en Su bondad, negando Su poder.

El argumento principal que usa Kushner para defender su posición es que eso es «religiosamente adecuado», o sea, reconfortante. Recordemos que él acusó a la teodicea convencional de hacer que las personas se sintieran peores, culpables y que odiaran a Dios. La explicación sobre el sufrimiento que presenté no es para que nadie se sienta peor. Es cierto que nosotros somos la causa de nuestro propio sufrimiento, pero no hay que sentirnos culpables. El tema es ser conscientes de que cometemos errores y que debemos corregirlos. ¿Por qué deberíamos sentirnos furiosos con Dios por nuestro sufrimiento? El sufrimiento ocurre por la ley del karma, y el karma es una ecuación imparcial de la ley causal. La hostilidad hacia Dios fue lo que nos situó bajo esa ley, así que sentirnos así no nos ayudará a librarnos de ella. Respecto a Dios, Él está esforzándose todo lo que puede para liberarnos. Él viene a este mundo cada cierto tiempo para enseñar el camino del bhakti, que es capaz de destruir todo nuestro karma. Él envía a Sus representantes por todo el mundo con la misma misión, e incluso reside en nuestro interior como la Suprealma durante nuestra estancia en el mundo material, dispuesto a darnos inteligencia para acercarnos a Él cuando queramos abandonar nuestra enemistad unilateral.

Kushner tiene un instinto correcto: a él también le gustaría que las personas renunciasen a su enemistad con Dios, e incluso reconoce la bajeza de adorarlo con la condición de que Él satisfaga nuestras demandas.

Según Kushner, la única manera de no sentirnos furiosos con Dios cuando nos ocurran contratiempos es reconocer Sus limitaciones, y tampoco lo adoraremos para satisfacer nuestros deseos. Por lo tanto, Kushner insta a la adecuación religiosa de su teodicea personal.

No obstante, está muy lejos de ser adecuada. El problema de Kushner es que no consigue superar el condicionamiento de la religión del karma. Él necesita algo más poderoso espiritualmente que buenos instintos para poder librarse de la hostilidad hacia Dios, la inconsciente y profundamente enraizada aversión a servirlo incondicionalmente, que es lo que atrapa al alma condicionada al karma.

Kushner continúa hostil. Como Dios no satisface sus expectativas, Kushner piensa que Dios es ineficaz y débil. Hubo un tiempo en el que Kushner pensaba que Dios era un padre que siempre satisface nuestros sentidos. Sin embargo, ahora Kusnher lo ve como alguien que necesita nuestro perdón por haber fallado como padre: «Serás capaz de perdonar y amar a Dios incluso después de descubrir que Él no es perfecto, incluso después de que te haya dejado abatido y decepcionado por haber permitido la enfermedad y la crueldad en Su mundo, y por permitir que estas cosas te afecten. Puedes aprender a amarlo y perdonarlo a pesar de Sus limitaciones […] de la misma forma en que una vez aprendiste a perdonar y amar a tus padres aunque eles no fueran tan sabios, fuertes o perfectos cuanto lo necesitabas».

Kushner declara que no siente ninguna hostilidad más hacia Dios, y que lo único que hizo realmente fue cambiar la forma de expresarse: pasó de la rabia a la inferioridad. Y esa idea de Dios sólo reforzará nuestra resistencia a reconocer Su supremacía y, consecuentemente, nos mantendrá atados en el mundo material, donde continuaremos sufriendo. De esa forma, la teodicea de Kushner no nos hará sentir mejor, sino todo lo contrario.

Además, si vemos a Dios como alguien débil e ineficaz, no podremos rendirnos a Él completamente y servirle sin ninguna consideración personal. La condición que permite que el servicio y la rendición sean posibles es Su promesa de protección completa: «Declara osadamente», le dice Krishna a Su discípulo Arjuna, «que Mi devoto nunca perece». (Bhagavad-gita 9.31) Como podemos depender totalmente de Dios, también podemos rendirnos completamente a Él: «Abandona todas las variedades de religiones y tan sólo entrégate a Mi. Yo te liberaré de todas las reacciones pecaminosas. No temas». (Bhagavad-gita 18.66)

Si aceptamos a Kushner, siempre tendremos que cuidarnos a nosotros mismos, tendremos que actuar por nuestra propia causa y nos involucraremos con el karma. Nuestro servicio a Dios jamás será total e incondicional. Cuanto más insistamos en cuidar de nosotros mismos, más nos dejará Dios a merced de nuestros proyectos personales.

No obstante, si aceptamos a Krishna, si dejamos de actuar de forma independiente y dependemos totalmente de Dios, devotando nuestro servicio a Su servicio, Él se encargará de nosotros completamente. No debemos esperar que Dios retire todos nuestros inconvenientes, pero si tenemos dificultades, debemos tolerarlas reconociendo que son residuos de nuestro mal karma que están actuando sobre nosotros, a la vez que continuamos esperando recibir la gracia de Dios.

Dios minimizará la reacción del karma que tenemos predestinada, pero su máxima protección es darnos conciencia espiritual y destruir la ignorancia que causa nuestra identificación con la materia. Krishna describe esta conciencia en el Bhagavad-gita (6.22-23): «En ese estado jubiloso, uno se sitúa en medio de una felicidad trascendental ilimitada, que se llega a experimentar a través de los sentidos trascendentales».  Situado en esta posición, la persona no se deja afectar, incluso en medio de las mayores dificultades. Sin duda alguna, esto es librarse realmente de todas las miserias que surgen con el contacto material. Dios no nos libera para que podamos vivir en vano, o para que podamos obtener una «recompensa», sino para que podamos servirlo con todo nuestro corazón, sin preocuparnos por nada más.

Por lo tanto, si aceptamos a Krishna podemos solucionar el problema del mal. La solución no es rechazar a bondad o el poder de Dios, sino aprovechar esa bondad y ese poder para prestar servicio devocional puro, y de esta forma terminar para siempre con nuestro sufrimiento.

3 comentarios


  1. Un tema muy escabroso y puntual para la sociedad humana, abordado de manera bella; inteligente; y sobre todo muy clara, por Ravindra Svarupa prabhu, tal como nos tiene acostumbrados.

  2. Hare Krishna. Todas las glorias a Srila Prabhupada.

    Excelente artículo, sumamente ilustrativo. Muchas gracias

    Ss. Caitanyadeva das, Costa Rica

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