El Señor Nrisimhadeva salva a Su devoto


Narada Muni
(Extracto del canto séptimo del Srimad-Bhagavatam)

El Señor Nrisimhadeva apareció para demostrar que Su devoto, Prahlada Maharaja, tenía razón al afirmar que el Señor Supremo está en todas partes, incluso dentro de la columna de una sala de asambleas. De esa forma, también salvó a Prahlada de Su terrible padre, Hiranyakashipu.

Cuando Hiranyaksa trató de impedir que el Señor rescatase el planeta Tierra, que había caído en el océano Garbhodaka, el Señor, en Su forma de Varaha, le mató. Su hermano Hiranyakasipu, comenzó a lamentarse, cegado por la ira. Mordiéndose los labios de rabia, Hiranyakasipu miró al cielo. La ira de sus ojos era tan ardiente, que llenó todo el cielo de humo. Entonces comenzó a hablar.

Mostrando sus terribles dientes, con una mirada feroz y el entrecejo fruncido, con un aspecto espantoso, tomó su arma, el tridente, y comenzó a hablar a la asamblea de demonios: “Escuchadme todos atentamente, por favor, y después, sin más demora, actuad conforme a mis palabras. Mis insignificantes enemigos, los semidioses, se han unido para matar a mi muy querido y obediente amigo, mi hermano Hiranyaksa. Aunque el Señor Supremo, el Señor Visnu, siempre Se había mostrado ecuánime con unos y otros – semidioses y demonios – , esta vez, después de recibir la devota adoración de los semidioses, Se ha puesto de su parte y les ha ayudado a matar a Hiranyaksa. Yo voy a cortar la cabeza del Señor Visnu con mi tridente, y con los chorros de sangre de Su cuerpo satisfaré a mi hermano Hiranyaksa, a quien tanto le gustaba beber sangre. Así también yo me calmaré. Mientras yo me encargo de matar al Señor Visnu, vosotros descended al planeta Tierra, que florece gracias a la cultura brahmínica y a un gobierno ksatriya. Esa gente está ocupada en austeridades, sacrificios, estudio de los Vedas, votos regulativos y caridad. ¡Acabad con todos los que se ocupan en esas actividades!”.De este modo, los demonios, aficionados a causar desastres, realizaron actividades llenas de envidia en contra de todos los seres vivos.

El demoníaco rey Hiranyakasipu quería ser invencible y estar libre de la vejez y el decaimiento físico. Quería obtener todas las perfecciones yóguicas, como anima y laghima, ser inmortal y el único rey de todo el universo, incluyendo Brahmaloka. En el valle de la montaña Mandara, Hiranyakasipu comenzó su práctica de austeridades, sosteniéndose sobre el suelo con las puntas de los pies, con los brazos hacia arriba y mirando al cielo. Era una posición extremadamente difícil, pero la adoptó como medio para alcanzar la perfección.

Hiranyakasipu practicó severas austeridades para alcanzar la perfección.

Debido a las rigurosas austeridades, la cabeza de Hiranyakasipu despedía fuego; ese fuego y su humo se extendieron por el cielo, envolviendo los planetas superiores e inferiores en un calor insoportable. Todos los ríos y mares se agitaron; la superficie del globo, con sus islas y montañas, comenzó a temblar, y las estrellas y planetas caían. Todas las direcciones eran consumidas por el fuego. Abrasados por el fuego y enormemente perturbados debido a las rigurosas penitencias de Hiranyakasipu, los semidioses abandonaron los planetas en que residían y fueron al planeta del Señor Brahma; allí, informaron al creador: “¡Oh, señor de los semidioses!, ¡oh, amo del universo!, el fuego que emana de la cabeza de Hiranyakasipu como resultado de sus rigurosas austeridades nos ha causado tantos trastornos que hemos venido a verte, pues no podíamos seguir en nuestros planetas. ¡Oh, gran personalidad, señor del universo!, si lo consideras conveniente, por favor, acaba con esas perturbaciones destinadas a destruirlo todo, antes de que tus obedientes súbditos sean aniquilados.”.

El Señor Brahma, el ser original del universo, cuyo poder es inmenso, salpicó el cuerpo de Hiranyakasipu, completamente devorado por las hormigas e insectos, con el agua espiritual, trascendental e infalible, de su kamandalu. De ese modo reanimó a Hiranyakasipu.

Al ver al Señor Brahma en el cielo ante él, sobre su avión en forma de cisne, Hiranyakasipu se sintió sumamente complacido. Inmediatamente ofreció reverencias postrándose en el suelo y comenzó a expresar su gratitud a Brama: “¡Oh, mi señor!, ¡oh, tú, el mejor de quienes otorgan bendiciones!, si tienes la bondad de concederme la bendición que deseo, te pido que ninguna de las entidades vivientes que tú has creado pueda matarme. Concédeme que no muera ni dentro ni fuera de ninguna casa, ni de día ni de noche, ni en el suelo ni en el cielo. Concédeme que ningún ser que tú no hayas creado pueda matarme; que ningún arma, ningún ser humano y ningún animal me cause la muerte. Concédeme que no me mate ningún ser viviente ni no viviente. Concédeme además, que no me mate ningún semidiós, ningún demonio, ni ninguna gran serpiente de los planetas inferiores. Tú no tienes rival, porque nadie puede matarte en el campo de batalla. Por eso, concédeme la bendición de que tampoco yo tenga rival. Dame el dominio exclusivo sobre todas las entidades vivientes y deidades regentes, y dame toda la gloria propia de esa posición. Dame, además, todos los poderes místicos que se obtienen por realizar largas usteridades y practicar yoga, ya que no pueden perderse en ningún momento.”

Con sus rigurosas austeridades, Hiranyakasipu satisfizo al Señor Brahma y obtuvo las bendiciones que deseaba. Al recibir esas bendiciones, su cuerpo, consumido casi por completo, cobró nueva vida, pleno de belleza y con un lustre como el del oro. Sin embargo, seguía albergando sentimientos hostiles contra el Señor Visnu; no podía olvidar que el Señor Visnu había matado a su hermano. Hiranyakasipu extendió sus conquistas en las diez direcciones y en los tres mundos, y sometió a su dominio a todas las entidades vivientes, desde los semidioses a los asuras. Era el señor en todas partes, y dominó incluso la morada de Indra, a quien echó de su trono; así comenzó a disfrutar de la vida rodeado de grandes lujos, enloquecido por su poder. Con excepción del Señor Visnu, el Señor Brahma y el Señor Siva, todos los semidioses estaban sometidos a su dominio y le servían; pero, a pesar de todo su poder material, no estaba satisfecho; su vanidad, el orgullo de violar constantemente las regulaciones de los Vedas, se lo impedía.

Todos los brahmanas estaban disgustados con él, y le maldijeron con gran determinación. Finalmente, todas las entidades vivientes del universo, representadas por los sabios y semidioses, oraron al Señor Supremo pidiéndole que les liberase de la tiranía de Hiranyakasipu. Cuando la Suprema Personalidad de Dios, el maestro espiritual de todos los seres, tranquilizó a todos los semidioses que viven en los planetas celestiales, éstos Le ofrecieron respetuosas reverencias y regresaron a sus respectivas moradas, con la confianza de que el demonio Hiranyakasipu estaba ya prácticamente muerto.

Hiranyakasipu tenía cuatro hijos maravillosos, poseedores de grandes cualidades; de entre ellos sobresalía Prahlada. En verdad, Prahlada poseía todas las cualidades trascendentales, pues era un devoto puro de la Personalidad de Dios. Prahlada Maharaja, a pesar de haber nacido en una familia de asuras, no era un asura, sino un gran devoto del Señor Visnu. A diferencia de los demás asuras, nunca envidiaba a los vaisnavas. No se agitaba cuando estaba en peligro, y no tenía ningún interés directo ni indirecto en las actividades fruitivas que se explican en los Vedas. En verdad, como consideraba inútil todo lo material, estaba completamente libre de deseos materiales.

Prahlada Maharaja no mostró interés por los juegos infantiles ni en su más tierna infancia. De hecho, los rechazó por completo y permanecía silencioso y ajeno, pues estaba absorto por entero en el estado de conciencia de Krishna. Prahlada Maharaja no seguía las órdenes de sus maestros, pues estaba siempre ocupado en adorar al Señor Visnu.

Un día, Hiranyakasipu, con mucho cariño, sentó al pequeño en su regazo, y entonces le preguntó qué era lo mejor que había aprendido de sus maestros. Prahlada, como tenía por costumbre, comenzó a alabar los nueve procesos del servicio devocional, como sravanam y krtanam. Entonces, el rey de los demonios, Hiranyakasipu, montó en cólera y riñó a los maestros del niño, Ṣanda y Amarka, por haber dado a su hijo, Prahlada Maharaja, una educación equivocada. Los así llamados maestros informaron entonces al rey de que Prahlada Maharaja era un devoto por naturaleza, y que no escuchaba sus enseñanzas. Cuando hubieron demostrado su inocencia, Hiranyakasipu preguntó a Prahlada de dónde había aprendido el visnu-bhakti. Prahlada Maharaja le contestó que las personas apegadas a la vida familiar nunca se vuelven conscientes de Krishna, ni individual ni colectivamente, sino que, por el contrario, sufren en el mundo material sometidos al ciclo de nacimientos y muertes, y continúan masticando lo ya masticado. Prahlada explicó que todo hombre tiene el deber de refugiarse en un devoto puro, para de ese modo poder entender el proceso de conciencia de Krishna.

Lleno de rabia al oír aquella respuesta, Hiranyakasipu empujó a Prahlada Maharaja fuera de su regazo.

Aquel traidor, Prahlada, había llegado al extremo de hacerse devoto del propio Visnu, el que había matado a su tío Hiranyaksa; inmediatamente, Hiranyakasipu ordenó a sus asistentes que le mataran. Pero, aunque le golpearon con armas afiladas, le echaron bajo las patas de los elefantes, le sometieron a condiciones infernales, le tiraron desde el pico de una montaña y trataron de matarle de mil maneras distintas, todo fue inútil. Hiranyakasipu tenía cada vez más miedo de su hijo Prahlada Maharaja; hizo que le detuvieran. Los hijos de Sukracarya, el maestro espiritual de Hiranyakasipu, comenzaron de nuevo a educarle a su manera, pero Prahlada no aceptó sus instrucciones. Cuando los maestros no estaban en clase, Prahlada Maharaja predicaba conciencia de Krishna en la escuela, y, con sus enseñanzas, todos sus compañeros de clase, los hijos de los demonios, se hicieron devotos como él.

Prahlada Maharaja predicaba conciencia de Krishna en la escuela, y todos sus compañeros se hicieron devotos como él.

Todos los hijos de los demonios apreciaron las instrucciones trascendentales de Prahlada Maharaja y las tomaron muy en serio, rechazando las instrucciones materialistas de sus maestros, Ṣanda y Amarka.Éstos, muy asustados, fueron a ver al rey de los demonios y le expusieron claramente la situación. Al enterarse de lo que estaba ocurriendo, Hiranyakasipu se puso tan terriblemente furioso que todo el cuerpo le temblaba. Entonces tomó la decisión de matar a su hijo Prahlada. Hiranyakasipu era muy cruel por naturaleza, y, sintiéndose insultado, siseaba como una serpiente que ha sido pisada por alguien. Su hijo Prahlada, pacífico, manso, amable, con los sentidos perfectamente controlados, permanecía ante él con las manos juntas. Por su edad y por su comportamiento, Prahlada no merecía ningún castigo, pero Hiranyakasipu, clavando en él sus malvados ojos, le riñó con ásperas palabras.

Hiranyakasipu dijo: “¡Oh, desvergonzado!, eres el menos inteligente, el más bajo de los hombres, la destrucción de la familia, un necio obstinado que has pasado por alto la autoridad que tengo sobre ti. Hoy te voy a enviar con Yamaraja. ¡Oh, desafortunado Prahlada!, siempre estás hablando de un ser supremo que no soy yo, un ser supremo que está por encima de todo, que es el controlador de todos y está en todas partes. Pero, ¿dónde está? Si está en todas partes, ¿por qué no está presente ante mí, en esta columna? Estás diciendo tantas tonterías que te voy a cortar la cabeza. Ya veremos si viene a protegerte tu adorable Dios. Me gustaría verlo”.

Ciego de ira, Hiranyakasipu, cuya fuerza física era enorme, riñó a su hijo, el excelso devoto Prahlada, con gran aspereza. Sin dejar de maldecirle, tomó su espada, se levantó del trono real, y, con muchísima rabia, golpeó la columna con el puño. Entonces de la columna salió un sonido aterrador que parecía querer romper la cubierta del universo. Aquel sonido llegó incluso a las moradas del Señor Brahma y otros semidioses, quienes, al escucharlo, pensaron: «¡Oh, nuestros planetas van a ser destruidos!».

Para probar que la afirmación de Su sirviente Prahlada Maharaja tenía fundamento, o, en otras palabras, para probar que el Señor Supremo está en todas partes, incluso dentro de la columna de una sala de asambleas, la Suprema Personalidad de Dios, Hari, manifestó una forma maravillosa, nunca vista hasta entonces. No era ni un hombre ni un león. Con aquella maravillosa forma, el Señor apareció en la sala de asambleas.

El Señor Hari apareció dentro de la columna en una forma maravillosa, nunca vista hasta entonces.

Hiranyakasipu estudió la forma del Señor, tratando de averiguar quién era aquella forma de Nrisimhadeva que estaba ante él. La forma del Señor, con Sus ojos llenos de ira, parecidos al oro fundido, inspiraba un enorme terror; una brillante melena agrandaba las dimensiones de Su terrible rostro; Sus colmillos eran mortíferos, y Su lengua, afilada como una hoja de afeitar, se movía como una espada en duelo. Tenía las orejas tiesas e inmóviles; Sus fosas nasales y la gran hendidura de Su boca parecían cuevas de una montaña. Sus fauces se abrían de un modo espantoso, y con Su cuerpo tocaba el cielo. Tenía el cuello corto y ancho, el pecho amplio, la cintura delgada, y el pelo del cuerpo tan blanco como los rayos de la Luna. Sus brazos, que parecían los flancos de un ejército, cubrían todas las direcciones mientras mataba a los demonios, bandidos y ateos con la caracola, el disco, la maza, la flor de loto y Sus demás armas habituales.

Hiranyakasipu murmuró para sí: «El Señor Visnu, que posee grandes poderes místicos, ha tramado este plan para matarme, pero ¿de qué Le va a servir?, ¿quién puede luchar contra mí?». Pensando de este modo, Hiranyakasipu tomó su maza y atacó al Señor como un elefante. Como un pequeño insecto que cae irremediablemente en un fuego y desaparece de la vista, Hiranyakasipu atacó al Señor y desapareció envuelto en la plenitud de Su refulgencia. Tremendamente furioso, atacó con rapidez a Nrisimhadeva con su maza y comenzó a golpearle. Pero el Señor Nrisimhadeva capturó al gran demonio, junto con su maza, del mismo modo que Garuda atraparía a una gran serpiente.

Cuando el Señor Nrisimhadeva dio a Hiranyakasipu una oportunidad de soltarse de Su mano, del mismo modo que Garuda a veces juega con una serpiente y deja que se escurra de su pico, a los semidioses, que habían perdido sus moradas y se escondían tras las nubes por temor al demonio, no les gustó nada; ciertamente, se sintieron perturbados. Cuando se vio libre de las manos de Nrisimhadeva, Hiranyakasipu pensó, equivocadamente, que el Señor estaba asustado de su poder. Por eso, después de tomarse un pequeño respiro, tomó su espada y su escudo y atacó de nuevo al Señor con gran fuerza.

Con una carcajada estridente y ruidosa, la Suprema Personalidad de Dios, Narayana, que es increíblemente fuerte y poderoso, atrapó a Hiranyakasipu, que se cubría con la espada y el escudo sin dejar el menor resquicio. Mientras Hiranyakasipu agitaba sus miembros en todas direcciones, muy afligido por verse atrapado, el Señor Nrisimhadeva puso al demonio en Su regazo, sujetándole sobre los muslos, y, en el umbral de la sala de asambleas, el Señor, con gran facilidad, lo deshizo en pedazos con las uñas de la mano.

El Señor Nrisimhadeva mató a Hiranyakasipu con las uñas de la mano.

La boca y la melena del Señor Nrisimhadeva estaban salpicadas de gotas de sangre, y era imposible mirar directamente Sus fieros ojos llenos de ira. Lamiéndose la boca y adornado con un collar de intestinos sacados del abdomen de Hiranyakasipu, la Suprema Personalidad de Dios, Nrisimhadeva, parecía un león que acabara de matar un elefante. La Suprema Personalidad de Dios, que tenía muchísimos brazos, primero arrancó el corazón a Hiranyakasipu, y después arrojó el cuerpo a un lado y se volvió contra los soldados del demonio, que habían venido a miles para luchar contra Él; aquellos fieles seguidores de Hiranyakasipu venían con las armas levantadas, pero el Señor Nrisimhadeva les mató a todos simplemente con la punta de las uñas. El pelo de la cabeza de Nrisimhadeva sacudía las nubes y las dispersaba por todas partes; Sus ojos deslumbrantes despojaban a los astros del cielo de su refulgencia, y Su respiración agitaba los mares y océanos. Al escuchar Sus rugidos, todos los elefantes del mundo comenzaron a bramar de miedo.

Pleno de refulgencia y con un semblante terrorífico, el Señor Nrisimha, muy furioso y sin hallar rivales que hicieran frente a Su poder y opulencia, Se sentó en la sala de asambleas ocupando el excelente trono del rey. Debido al temor y los sentimientos de obediencia, nadie osó adelantarse para servir al Señor directamente.

Los semidioses, encabezados por el Señor Brahma, el rey Indra y el Señor Siva, se acercaron entonces al Señor. Todos se acercaron al Señor, que resplandecía con una intensa luz, y con las manos juntas a la altura de la cabeza, ofrecieron uno a uno reverencias y oraciones. Tras la muerte de Hiranyakasipu, el Señor continuaba muy furioso, y los semidioses, encabezados por el Señor Brahma, no conseguían apaciguarle. Ni siquiera madre Laksmi, la diosa de la fortuna, la compañera constante de Narayana, se atrevía a acercarse al Señor Nrisimhadeva. Entonces, el Señor Brahma pidió a Prahlada que se adelantase y calmase la ira del Señor.

Con plena confianza en el afecto de su amo, el Señor Nrisimhadeva, Prahlada Maharaja no sentía el menor temor. Con gran seriedad, se presentó ante el Señor Nrisimhadeva y ofreció reverencias respetuosas a los pies de loto del Señor. El Señor Nrisimhadeva, que sentía un gran cariño por Prahlada Maharaja, puso Su mano sobre la cabeza de Prahlada, el cual, debido al contacto personal con el Señor, adquirió de inmediato brahma-jñana, conocimiento espiritual. Entonces, lleno de conocimiento espiritual y éxtasis devocional, ofreció oraciones al Señor. Apaciguado por estas oraciones de Prahlada Maharaja, el Señor Nrisimhadeva quiso bendecirle para que obtuviese todo tipo de beneficios materiales. Pero Prahlada Maharaja no quería que los bienes materiales le distrajesen. Por el contrario, deseaba permanecer siempre en la posición de sirviente del sirviente del Señor. Prahlada Maharaja, por lo tanto, no pidió nada a la Suprema Personalidad de Dios; al contrario, dijo que la bendición que deseaba, si el Señor quería bendecirle, era que le garantizase que nunca sería inducido a aceptar bendiciones para complacer deseos materiales.

La Suprema Personalidad de Dios estaba muy complacido con la devoción pura de Prahlada Maharaja y, a pesar de todo, le otorgó una bendición material: sería completamente feliz en este mundo, y viviría su siguiente vida en Vaikuntha. El Señor le dio la bendición de que sería rey del mundo material hasta el final del milenio manvantara, y que, a pesar de vivir en el mundo material, tendría oportunidad de escuchar las glorias del Señor y de depender de Él por completo, ofreciéndole servicio mediante bhakti-yoga libre de contaminación. El Señor aconsejó a Prahlada que celebrase sacrificios por medio del bhakti-yoga, ya que ése es el deber del rey.

Prahlada Maharaja aceptó todo lo que el Señor le había ofrecido, y Le rogó que liberase a su padre. El Señor le respondió asegurándole que en la familia de un devoto puro como él se liberaban, no sólo el padre del devoto, sino todos sus antepasados de las veintiuna generaciones anteriores. El Señor también pidió a Prahlada que celebrase las ceremonias rituales apropiadas para la muerte de su padre.

El Señor, Sri Krishna, aunque apareció con forma humana, manifestó Su propia potencia en muchos pasatiempos extraordinarios y maravillosos. ¿Qué puedo decir yo de Sus actividades que no hayan dicho ya las grandes personas santas? Esas actividades, si se escuchan de labios de la fuente correcta, pueden purificar a todo el mundo.

 

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