Perdida y hallada

Arcana-siddhi Devi Dasi

Si la muerte conduce a una vida mejor, ¿el suicidio podría considerarse un atajo?

Mientras me acercaba al centro de asesoramiento me asaltaron las dudas de lo que podrían decirme. Una secretaria me dirigió a una sala, al final del pasillo. Cuando entré reconocí a la mayoría de los que estaban reunidos. La atmósfera era sombría y grave.

Mi primer pensamiento fue el de dar la vuelta y escapar de allí, pero me quedé, curiosa sobre la finalidad de aquella reunión. Yo estaba preparando mi graduación en el programa de asesoramiento de la universidad de Maryland, por lo tanto, estaba al corriente de las “intervenciones.” Por lo general, solían emplearse para confrontar a la gente con problemas de drogadicción o aquellos que necesitaban ayuda psiquiátrica, con la finalidad de que dieran su consentimiento para ser sometidos a tratamiento. En un par de ocasiones participé y me sentí apenada por los estudiantes que tuvieron que soportar este agotador ataque masivo. Así que cuando, de repente, me encontré en el otro bando, objetivo de su intervención, me sentí defraudada y devastada.

Recientemente, por primera vez en mi vida, había empezado a sentir una cierta claridad y propósito en mi vida. Y aún así, aquí estaban mis bienhechores, observándome como si yo fuera mentalmente débil.

Sentimientos de desorientación

Quizá yo me sentía algo ajena a los que me rodeaban, pero ese sentimiento me seguía desde la niñez. Precisamente antes de esta sesión no solicitada, había tropezado con un párrafo muy descriptivo que había escrito cuando estaba en el instituto, titulado «Perdida».

Las nubes confluyeron en el cielo gris. Una niña pequeña, diminuta, se levantó de la arena, la cara arrasada de lágrimas y el cabello sucio de arena y agua salada. La playa se alargaba kilómetros y kilómetros, y no se veía persona alguna. Unas pulgas marinas brincaban de un lado a otro ruidosamente, haciendo saltar granos de arena en el aire. Solamente se percibía una luz difusa. Pequeñas gotas de lluvia golpearon su cara menuda. Se había perdido.

Aquella niña de cara menuda perdida en la playa era yo. Recuerdo haber escrito este párrafo a los once años. Estaba mirando al exterior por la ventana de mi dormitorio durante la mañana. El sol llenaba un cielo intensamente azul, lo cual no era habitual en el estado de Washington, y sin embargo me abrumaba la tristeza mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos. Me sentía tan sola, como si no perteneciera a este mundo. Deseaba que alguien me ayudara en mi desesperación.

Años después, en la universidad, después de sucumbir a las drogas y a contactos sexuales efímeros, empecé a sentir una guía en mi búsqueda de Dios. Pasé por todos los vaivenes de la vida hasta llegar a la graduación. Allí comencé a cuestionarme el previsible curso de mi vida: acabar la universidad, conseguir un trabajo, casarme, comprar una casa, tener hijos, comprar una casa más grande, tener nietos, envejecer, enfermar y morir. Veía a mis padres y abuelos atrapados en el mismo monótono drama. Y a mi no me atraía lo más mínimo. De hecho, todo me parecía sin ningún sentido.

Comencé a considerar si la muerte no serviría para liberarse de estos insulsos objetivos y encauzarnos hacia una vida más significativa y satisfactoria. Me sentí intrigada por esta idea, y por otras cuestiones relativas a la muerte. Si la muerte conduce a una vida mejor, ¿el suicidio podría considerarse un atajo? ¿Cómo podría saber lo que ocurría después de la muerte y adecuar mi vida a esta noción?

Durante el verano del 76 empezaron a cambiar muchas cosas en mi vida. Acabó mi atracción por los bares nocturnos, las fiestas y los conciertos. Pasaba muchas horas sola, paseando por el parque o leyendo libros espirituales. Después de comprender que la carne no era otra cosa que cadáveres, me hice vegetariana.

A medida que transcurría el verano me hice más introvertida y retraída. La vida de una recién graduada se erguía siniestra ante mi, muy cercana. La beca de estudios exigía que residiera en la universidad y dedicara un tiempo a supervisar a los estudiantes de cursos inferiores. Un sentimiento de dolor se apoderó de mi estómago al recordar algunas proezas de los estudiantes del año anterior. Algunos habían intentado prender fuego a los pasillos. Otro había estrellado su coche contra la puerta principal tratando de entrar. Otros colocaron la cabeza de un pájaro muerto en la puerta de un compañero.

Diálogos sobre la vida

Al considerar el errático trimestre que me esperaba y las urgentes cuestiones que tenía sobre la vida, decidí hablar con varias personas que pensaba tenían algún conocimiento. Entre ellas estaba un profesor de poesía que manifestaba un profundo, conocimiento sobre la vacuidad de la existencia, y un psicólogo clínico con el que había trabajado durante un proyecto de investigación, que me había impresionado por su realismo. También decidí hablar con Neil y Elliot, dos amigos del instituto.

Neil, Elliot, y yo solíamos comer juntos mientras discutíamos de temas metafísicos. Aunque a menudo no comprendía sus conocimientos filosóficos, me gustaba su compañía.

Poco tiempo después, Neil y Elliot empezaron a relacionarse con los devotos de Krishna. Aunque alguna vez había visto a estos exóticos individuos con sus cabezas rapadas y sus túnicas anaranjadas cantando por el campus, no sabía nada acerca de su filosofía. Animada por las palabras de Neil y Elliot, les compré el Bhagavad-gita tal como es el y un rosario de cuentas de madera. Me enseñaron a utilizar las cuentas rezando Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare/ Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare. Pero todo me parecía ajeno y extraño, así que dejé las cuentas en un cajón y el Bhagavad-gita en el armario.

Después perdí contacto con Neil y Elliot. Echaba de menos nuestras comidas filosóficas y a menudo me preguntaba donde habrían ido. Ahora, dos años después, deseaba hablar con ellos sobre mis ideas acerca de la existencia y la muerte, que iban haciéndose más arduas a medida que avanzaba el reloj y el verano llegaba a su fin. Puesto que desconocía donde encontrar a Neil y Elliot, escogí visitar a mi profesor de poesía y a mi amigo psicólogo.

Las entrevistas con mis consejeros no fueron bien. Mis preguntas les hacían sentir incómodos. Podía apreciar su preocupación sobre mi estado mental. Procuré convencerles de que no contemplaba el suicidio en el sentido clásico, solamente deseaba saber cuales eran sus ideas sobre la muerte como acceso a una existencia más significativa. De un modo u otro fracasé en mi intento de comunicación. Su respuesta fue más clínica que filosófica. Dejé cada una de las entrevistas sintiéndome desengañada y estúpida.

Empezó el curso y me vi forzada a prescindir de mi soledad. Echaba de menos levantarme temprano para ir al parque a leer, escribir y rezar. Echaba de menos el disponer de tiempo libre y silencioso para mi.

Un día, mientras estaba sentada en mi habitación quejándome de la falta de sentido de mi existencia pues parecía retomar un camino automático. ¿Podría cambiarlo? ¿Era yo la dueña de mi destino o su esclava?

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Era mi amigo Steve. Parecía preocupado y me pidió que acudiese a una reunión que se iba a celebrar la mañana siguiente en el centro de asesoramiento, asegurándome que se trataba de personas que se preocupaban por mi y que deseaban ayudarme. Estuve de acuerdo en acudir.

¿Cómo podría ayudarme nadie si ni tan siquiera yo sabía lo que quería? Lo cierto es que sí sabía lo que quería; pero no sabía cómo obtenerlo. El día anterior, un profesor había dado la clase sobre una «visualización guiada», en la que teníamos que recrear nuestra vida perfecta. Me contemplé viviendo en una comunidad espiritual rodeada de hermosos árboles en un lugar en medio de la naturaleza. Todos tenían la misma meta: comprender el verdadero significado de la existencia y su identidad eterna. Este ejercicio me dio cierta esperanza, como si de verdad existiera algún lugar como el imaginado.

Regreso al Gita

Aquella tarde pensé en mis viejos amigos Neil y Elliot. Revolví el armario y descubrí el colorido y grande Bhagavad-gita tal como es que leía con ellos. El mero hecho de sostener el libro el Bhaga mirar la ilustración de la portada me dio cierto bienestar. Abrí el Gita reverentemente, sintiendo una cualidad especial que antes desconocía. Empecé a leer el primer capítulo, pero me sentí incapaz de penetrar en los misterios del libro. Ansiaba que mis dos amigos aparecieran para explicarme los secretos contenidos en este antiguo libro. Aquella noche me sentí algo esperanzada mientras me adormecía.

A la mañana siguiente, en el centro de asesoramiento, me encontré con una galería de amigos y profesores ceñudos. Mi consejera y tutora, una mujer fuerte y masculina con un sentido del humor muy sardónico, fue la primera en hablar. En el pasado el mero hecho de estar ante ella me hacía sudar y procuraba elegir mis palabras para impresionarla. Recientemente, sin embargo, mi deseo de actuar para llamar su atención se había desvanecido.

Escuché mientras enumeraba los cambios que había observado en mi actitud a lo largo del mes anterior. Aunque yo consideraba que se trataba de cambios positivos, ella los consideraba de muy distinta manera. Expresó su preocupación sobre mi alejamiento emocional y sobre mi aspecto callado y malhumorado. Explicó que anteriormente era muy extrovertida y sociable y participaba mucho más en la vida escolar. Después mencionó que había escuchado hablar de mis pensamientos suicidas.

Entonces me di cuenta del objetivo de esta reunión. A menos fuera capaz de convencerles que no tenía como objetivo el suicidio, podría ocurrir que decidieran confinarme a un hospital psiquiátrico. Aunque me sentía bastante asustada, mi voz expresó algo de fuerza. Hablé sinceramente sobre mi búsqueda de un sentido en mi vida. Sólo pretendía encontrar algunas respuestas y de ningún modo pensaba en el suicidio.

Un psicólogo al que conocía, pero con el que nunca había hablado, pareció simpatizar con mis palabras mientras narraba su propia búsqueda, de joven, en el budismo y otras filosofías orientales. Sentí un gran apoyo de este hombre delgado y de cabello cano. Aunque no me había relacionado con él, y si con los demás que estaban presentes en la sala, agradecí su presencia.

Este momento de tranquilidad se desvaneció abruptamente cuando volvió a hablar mi consejera. Afirmó que yo había sufrido muchas presiones e inquietud y que todos concluían que unos días en el hospital me permitirían regresar a mi «antigua identidad» (la identidad sin objetivos, frustrada que ahora aborrecía). Concluyó sus palabras diciendo que no podían forzarme a ir, aunque esperaban que estuviera de acuerdo. Se ofreció para disponer todos los trámites.

Sus palabras hirieron lo más profundo de mi corazón. Me sentí traicionada por aquella sala llena de amigos y profesores. Las lágrimas se acumularon en mis ojos mientras miraba a través de la ventana. Sentí otra vez aquella sensación familiar de estar fuera de lugar y completamente sola. Lloré en silencio mientras rogaba que alguien acudiera en mi ayuda en medio de mi desesperación.

Dirigí la mirada a mi consejera.

—No gracias —respondí—. Estoy bien

Me levanté el Bhaga salí de la sala. Las lágrimas fluyeron a raudales por las mejillas.

«¿Y ahora qué?» Me pregunté. «¿En qué dirección he de ir desde a partir de ahora?»

Una reunión con viejos amigos

Empujé la barra de metal del cierre de las pesadas puertas exteriores. La luz solar inundó mis ojos, cegándome momentáneamente. Mientras los ojos se ajustaban al resplandor, descubrieron dos caras familiares que me contemplaban directamente. Un remanso de felicidad me inundó. Allí estaban Neil y Elliot, con las cabezas rapadas excepto una coleta en la parte superior. Vestidos con túnicas anaranjadas, parecían ángeles recién llegados del cielo.

Nuestro encuentro después de dos años en este preciso instante de mi vida me convenció de la existencia de un ser omnisciente que se encargaba de organizar estos acontecimientos. Tuve fe en que mis amigos sabrían darme el conocimiento que tan desesperadamente estaba buscando. No me desilusionaron. Ante mi sorpresa, Neil y Elliot respondieron todas y cada una de mis interrogantes a mi entera satisfacción.

Neil y Elliot, citando el Bhagavad-gita, me explicaron que yo era el ser espiritual que estaba dentro del cuerpo. La frustración que yo sentía en la vida material era la señal de que mi vida espiritual estaba despertando. Mi cuerpo humano era un regalo especial que me permitiría comprender mi verdadera identidad espiritual y revivir mi amor eterno hacia mi creador, mi más querido amigo. La aniquilación del cuerpo dificultaría, en lugar de beneficiar, mi viaje espiritual.

Continué aprendiendo del Bhagavad-gita gracias a mis amigos en su comunidad espiritual de Potomac, Maryland. Rodeada de árboles y naturaleza tuve la oportunidad de encontrar un grupo de personas que vivían y trabajaban juntos para perfeccionar sus vidas amando a Dios. Era exactamente igual a la visión que había tenido unos días antes. Quedé convencida de que una vida consciente de Krishna me procuraría un significado, un propósito y la felicidad que ansiaba.

Muy pronto abandoné la universidad y me instalé en el ashram, con mis pocas posesiones, entre ellas el rosario de cuentas y el Bhagavad-gita. Muchos de mis amigos, y especialmente mi familia, contemplaron mi decisión como algo sentimental y brusco. Sin embargo, yo sabía con toda claridad que la vida me encaminaba hacia esta decisión. Esto significaba la culminación de mi búsqueda espiritual.

No me alegró que la gente que me importaba se mostrara tan desconcertada. Mi madre lloró. Mi padre gritó. Mi novio me dijo que le hubiera resultado más fácil si me hubiera suicidado. Aún así, yo estaba firmemente convencida de que esto era lo que debía hacer. A pesar de tan formidable oposición, me atuve a mi decisión y nunca he sentido ningún tipo de arrepentimiento.

Una vida llena de significado

En la actualidad, transcurridos veinticuatro años, me he casado y tengo un hijo. He terminado mi carrera universitaria y trabajo como psicoterapeuta asesorando niños y adolescentes. Mi vida puede parecer similar a la que intuí y rehuí en mi época de estudiante, pero ha resultado toda una experiencia diferente.

Aunque estoy muy lejos del conocimiento del yo, un poco de avance en la vida espiritual me ha liberado de la sofocante trampa de una vida sin sentido. Cada día lo inicio con unas prácticas espirituales de meditación, incluido el rezo del mantra Hare Krishna con el rosario, leo las Escrituras védicas y adoro las hermosas Deidades que tenemos en nuestro hogar. Estas prácticas diarias me permiten contemplar las cosas de muy distinta manera de que como lo hacía anteriormente. En vez de contemplar los meros cuerpos de las personas con las que me relaciono, ahora sé que en el interior de cada uno de esos cuerpos reside un alma espiritual junto con el Señor en persona, que amorosamente penetra en el cuerpo de cada ser viviente para guiar nuestro viaje.

Mientras trabajo con los niños durante las terapias, le oro al Señor que está en sus corazones para que les ayude a sanar sus traumas y les permita seguir su camino espiritual. Le ruego al Señor de mi corazón que me permita ser Su instrumento, de modo que Su amor y energía salvadora puedan fluir a través de mi. Cuando tengo esta conciencia, mi labor se convierte en una ofrenda a Krishna y soy capaz de detectar Su presencia a través de mis sentimientos de felicidad, energía y sosiego.

Y mi hogar, en lugar de ser una envoltura llena de efímera posesiones materiales, está repleto de cosas espirituales. Deidades, cuadros, libros, cintas y vídeos que nos sirven de inspiración y recuerdo del Señor. Tenemos una habitación dedicada a la adoración, donde nos reunimos toda la familia para ayudarnos los unos a los otros a progresar espiritualmente.

Cada día le agradezco a Srila Prabhupada que tradujera el Bhagavad-Gita y que viniera a América a encontrar esta hija perdida.

 

 

Back To Godhead  © 1999

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